Un mito vivito y coleando (2)

Por Gregorio Pérez Almeida

La versión “liberadora” del mito de la caverna, se reproduce fácilmente, porque se lee descontextualizado, como si fuese una novelita corta y no un capítulo de La República, donde Platón fundamenta y justifica su Estado aristocrático, o totalitario, como dicen algunos. Igual pasa con Sócrates que se nos presenta como un Espartaco de la «filosofía antigua». ¿Qué dicen de Sócrates y repetimos nosotros(as) como loritos?

Walter Kohan, en su libro Filosofía y Educación, lo resume así: “Sócrates concibe la tarea de enseñar filosofía como eminentemente iluminadora, ilustrada. […] que enseñar a filosofar con los no filósofos es importante para arrancarlos de la relación que tienen con el saber, para que ellos se den cuenta de que no saben lo que creen saber, para que dejen de saber lo que saben”.

En fin, que Sócrates es un maestro y filósofo liberador, digno de imitar… y uno se siente orgulloso de que lo comparen con él. Pero, ¡Nada más falso!, como demuestra el mismo Kohan un poquito más adelante:

“En el fondo, Sócrates se considera el privilegiado dueño del saber humano por excelencia, la filosofía, el saber más digno de un ser humano. En definitiva, ha sido el dios del oráculo, Apolo, la fuente del saber que su amigo Querefonte le transmite: <Nadie es más sabio que Sócrates en la polis> […] para Sócrates, él y la filosofía, son la misma cosa, lo ha dicho el dios”.

Y es “lógico” que alguien que se crea la “encarnación de un saber sagrado”, ni acepte, ni propicie la interpretación libre de lo que considera su propiedad innata. Ni que fuera pendejo.

Kohan, “deconstruye”Anótenme esa, posmodernos! ) el mito de Sócrates para demostrar que con él se inicia en la filosofía occidental el “Imperialismo de lo mismo”. Es decir, la reproducción del mismo cuento eurocéntrico con diferentes personajes y discursos. Para hacer su tarea, seleccionó dos diálogos platónicos: el Menón y el Eutifrón, como modelos del “hacer socrático” con el que se inició la filosofía occidental considerada “seria”, es decir profesional y académica, que cuestionamos por colonizadora y negadora de las otras filosofías “no serias” como la que hacemos aquí.

Vamos por partes para no ladillarnos, porque esta es una de las caras más fangosas de la filosofía eurocéntrica. En el Menón*, Sócrates interpela a un esclavo para demostrarle al pobre tipo que además de estar esclavizado “cree saber lo que no sabe”, es decir vive engañado, para lo cual le formula una seguidilla de preguntas sobre unos cuadrados que dibuja en el suelo de tierra (recuerden que no habían inventado el asfalto). El esclavo responde a cada pregunta con un “sí” o un “no” (¿Es esto un diálogo?), hasta que llega el momento en el que no sabe si en verdad sabe algo de lo que creía saber sobre geometría y entra en un estado de incertidumbre que llaman “aporía”, un razonamiento que no lleva a ninguna parte, como un perro que se muerde la cola queriendo ir a mear.

Nos dice Kohan que, “como se trata de un esclavo, alguien sin instrucción, el breve ejercicio puede ser extendido a toda su vida: si nunca nadie le enseñó nada, entonces necesariamente ya sabía, antes de nacer, todo lo que ahora rememora”. Es decir, que el esclavo nada en la confusión.

¿Qué nos dicen de este “diálogo” en las clases de filosofía? Que Sócrates demuestra con “su” método, que hasta un esclavo ha presenciado las ideas eternas y sólo necesita un guía pedagógico para que las haga conscientes, sin enseñarle nada, a punta de preguntas, es decir, con la “Mayéutica”, ergo, Sócrates “libera al esclavo de su falsa ignorancia”. ¡Descomunal mentira!

Kohan nos advierte: “Todo sería muy bonito si Sócrates hubiese hecho lo que dice que hizo. Pero el problema es que, de hecho, Sócrates sí enseña varias cosas al esclavo”, porque en el transcurrir del “diálogo”, el saber matemático que se desprende no surge de las preguntas del esclavo, ni de sus reflexiones, sino de las mismas preguntas de Sócrates que sólo pueden ser respondidas de una única manera prevista por él, y esto es así, porque “sus preguntas son más afirmaciones que interrogaciones que contienen todo lo que el otro puede y debe- saber”. En otras palabras, “Sócrates sabe anticipadamente, el conocimiento que el otro, de cualquier forma, tendrá que saber”.

No hay en este “diálogo” ningún “proceso de parto de ideas”, como sugiere el término “Mayéutica”, de algo que sabía el esclavo y había olvidado por el peso de su miserable existencia, sino que “el conocimiento del esclavo es el conocimiento de Sócrates” que además lo obligó a seguir mansamente el camino que, supuestamente, va del punto A, ignorancia, al punto B, conocimiento.

“Más aún”, continúa Kohan, “el esclavo del Menón no aprende a buscar por sí mismo”, sino que aprende que “sin Sócrates nada podría buscar. De manera que si antes era esclavo de su ignorancia, ahora lo es de una relación dependiente con el saber del sabio”, por lo que cuando se es esclavo y se quiere aprender, para evitar perderse, no le queda otra que seguir el camino trazado por el maestro, dejarse llevar, mansamente, allí donde el maestro quiere llevarlo”. ¡Tremenda liberación!

La conclusión del análisis del Menón, hecho por Kohan, tiene dos partes: 1ª) Después de hablar con Sócrates, el esclavo es mucho más esclavo de lo que era al inicio, porque sólo puede aprender lo que Sócrates ya rememoró y sólo puede hacerlo a la manera de Sócrates.  2ª) En su conversación el esclavo aprende la pieza maestra de cierto ideario pedagógico tan viejo como su patrocinante Platón, según el cual “para aprender es necesario seguir a alguien que ya sabe aquello que se quiere aprender”.

Y una tercera, que agregamos nosotros: por mucha matemática o filosofía que supiera un esclavo, esclavo y miserable se quedaba, porque en la Grecia de Platón y Aristóteles, la esclavitud y la ignorancia de los Muchos era una condición natural insuperable, una condena eterna, y la libertad y el conocimiento “verdadero” era sólo posible para los Pocos elegidos. De manera que este es un “diálogo” de otoño, que ni es diálogo ni un coño, es la puesta en escena de la diferencia esencial entre la masa y la élite. Díganme si vale la pena sentirnos orgullosos de que nos comparen con Sócrates…

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