Pandemia: guerra no convencional, solidaridad y miedo

Por Gregorio Pérez Almeida

Son muchas muertes. Desconocidos y conocidos, “encopetados y gente sin copete”, como dice mi vecina del 58. Amigos personales y amigos de otros amigos han caído bajo las garras mortales de la criminal de guerra Covid19 y aunque nuestras estadísticas sean de las más bajas en el mundo, tenemos que aceptar que la pandemia es una “amenaza inusitada y extraordinaria” a nuestra seguridad y estabilidad nacional. El sueño de las y los enemigos del proceso bolivariano, hecho pesadilla para la totalidad del pueblo venezolano. Pero no hay que dejarse atrapar por el pesimismo y su abrazo derrotista, sino mantenerse alertas, con espíritu combativo, solidario y una sensata dosis de miedo.

Es “la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”
, escribió José Martí a su amigo José Dolores Poyo, comprometidos en la lucha independentista de Cuba. Era el momento de “todos los que tienen un pecho con que arremeter, y mente para ver de lejos, y manos con que ejecutar”. Era el momento de enfrentar las dificultades con inteligencia y asumir su complejidad sin dejarse enceguecer ni amedrentar por ellas. Era el momento en que no se ha de ver más que la luz que iluminaba el camino hacia la independencia nacional, pero había que hacerlo de cuerpo entero y presente.

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Es la hora de los hornos en Venezuela, pero no comenzó en marzo de 2020 con la pandemia, sino en diciembre de 2015, cuando la oposición vende-patria ganó las elecciones a la Asamblea Nacional. Conocemos esta historia muy bien y hoy estamos sufriendo los ataques letales de una enfermedad global que quizá no estaba inicialmente en los cálculos del imperialismo yanqui, pero rápidamente la incorporó a sus planes de “guerra no convencional”.

Guerra que Carlos Lanz nos ha explicado reiterada y detalladamente. No sé si en sus últimas explicaciones incorporó la figura del “trochero(a)” como “arma” de esa guerra, pero su análisis nos permite considerarlos así y los hechos lo corroboran, porque fueron decisivos para que aumentaran rápidamente los contagios y las muertes por Covid19. Ahora son como los cartuchos vacíos de las balas disparadas.

Si Carlos está en lo cierto, entonces su “desaparición” podría ser parte de la estrategia imperialista para confinarnos en un circuito de angustia e incertidumbre personal, y su secuestro sería uno más entre otros planificados. Y quisiera estar equivocado, pero es que nuestra situación es tal y como él la describió:

“Todo está permitido contra Venezuela, también los explícitos llamamientos a la intervención militar si fallan las cinco tácticas integradas en la estrategia de amplio espectro: guerra no convencional; guerra psicológica, mediática y terrorista; manipulación de los problemas sociales, políticos, inflación, inseguridad, etc., para fortalecer a la reacción; sobredimensionamiento de los problemas sanitarios, alimentarios, de transporte, etc., hablando de una supuesta «crisis humanitaria»; y creación del síndrome del «Estado fallido»”.

De manera que la “masificación” de la Covid19 está dentro del “sobredimensionamiento de los problemas sanitarios”, por lo que su rápida propagación por la ubicua presencia de las y los trocheros en el territorio nacional debe ser asumida como una invasión. Estamos invadidos, no por las y los trocheros, especie de víctimas propiciatorias del imperialismo yanqui, sino por el virus.

Según Carlos, se trata de un componente de la “guerra proxy”: un enfrentamiento bélico en el que las potencias utilizan “representantes”, en vez de enfrentarse directamente. En nuestro “caso”, estamos ante un nuevo “representante” que es la Covid19 y ante una nueva forma de guerra biológica, difusa, con vectores indeterminados y cuyos efectos sociales son imprevisibles. Y, ahora, ¿Cómo se enfrenta a un invasor invisible? El mismo Carlos nos enseña: con la guerra de resistencia prolongada de todo el pueblo.

Pero, en la línea de su análisis, la nuestra es una resistencia de un tipo completamente distinta, tan distinta como la misma guerra no convencional que la origina y cuyas tácticas describió el Presidente Nicolás Maduro: “Tomar medidas preventivas para evitar los besos o contacto físico, no usar utensilios contaminados, así como lavarse las manos constantemente, taparse la boca con el antebrazo cuando deba toser o estornudar, mantener la distancia física aún entre amigos y familiares, no asistir a reuniones sociales y mucho menos a fiestas, etc.”

Es una resistencia que exige cambios drásticos en los conceptos convencionales de solidaridad y miedo. Una especie de mundo invertido en el que la solidaridad se manifiesta negando sus expresiones convencionales para impedir convertirnos en un eslabón en la cadena de transmisión. Actitudes contrarias a nuestra idiosincrasia, pero decisivas. Lo primero: tenerle miedo al virus, porque mata. Hay que perderle miedo al miedo y asumirlo con decisión y responsabilidad. Mostrarlo como una virtud y no como un defecto asociado, machistamente, a la cobardía.

Y acompañar este miedo con acciones precisas de solidaridad “no convencional”, como no visitar a las y los enfermos, no abrazarnos ni besarnos al recibirnos o despedirnos, no darnos las manos al presentarnos, no pasarnos la colilla del cigarro (quienes fuman al borde del abismo), no compartir la botella de agua, refresco o de ron o la cerveza, no prestarnos las herramientas de trabajo sin desinfectarlas antes y después de usarlas e igualmente con los teléfonos y dispositivos electrónicos, higienizar los asientos del carro o de la moto antes y después de trasladar pasajeros o darle la cola a alguien, etc. Diría el Ruiseñor de Catuche: prestemos especial atención a las cosas más sencillas, porque en ellas se nos va la vida.

En fin, asumir que en la guerra no convencional se combate sólo con armas, estrategias y tácticas no convencionales, de poco consumo energético, pero de mucha “inteligencia emocional” y haciendo consciente, aquí, entre pecho y cerebro, que el ejército más poderoso es cada uno de nosotros y nosotras, porque como lo proponía Martí a su amigo José Dolores: esta es una lucha que debemos hacer con inteligencia, de cuerpo entero y presente… y agrego: con solidaridad y miedo.

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