Notas sobre el cine como fuente para la investigación en historia.

Por Dario Di Zacomo (Buenos Aires, Argentina)

A mis compañeres del  FOCO: unidad cinematográfica, el tiempo nos hizo lejanos.

El cine constituye una esencial parte de la cultura humana desde el siglo XX. Esta mixtura entre obra de arte y mercancía o a la inversa según la naturaleza de su producción, juega muchas veces como importante revelador de la vida social e indicador de subjetividades minoritarias u objetividades impuestas como mayoritarias. Su amplia diversidad, el dominio preminente de los discursos hegemónicos y necesaria rentabilidad hacen escabroso su uso como fuente del conocimiento histórico. Pero afortunadamente los desarrollos teóricos-metodológicos del estudio de la historia le han permitido tomar un lugar de interés como fuente de ella, no solo por el testimonio en imágenes que reúne, sino también por sus variedades discursivas (hegemónicas y contra-hegemónicas), reflejo de mutaciones en las estructuras sociales, tensiones de clases, posicionamientos de narraciones políticas, sociales y culturales, e incluso como forma de construir relato histórico y contar el pasado.

La historiografía constantemente se renueva con la ampliación de temáticas que influyen en la incorporación de nuevas fuentes para su investigación y estudio, algunas que antes eran marginadas y subestimadas como el folclore, la publicidad, representaciones populares, expresiones artísticas, manifestaciones religiosas,  el testimonio audiovisual, etc, desde las últimas décadas del siglo XX fueron ganando lugar dentro del estudio de áreas como la historia de las mentalidades, de la memoria, de las mujeres y de la etnicidad.

En este marco las películas tienen un lugar notable para el estudio de la historia contemporánea, actual y reciente, por su extraordinaria capacidad de registrar los sucesos y acontecimientos, dejando testimonio, con más claridad en el género documental pero también en la ficción, de lo que al segundo de estar impreso en la película es el pasado.

Tempranamente el cine mostró su potencial como producción cultural y testimonio histórico debido a su multifinalidad de narrar, influir, enseñar, recrear, representar e informar sobre modelos, formas de comportamiento, problemas, necesidades y sueños de determinados grupos sociales, explícito en la interpretación de una dirección fílmica, la cual puede ser en si misma objeto valorativo como discurso expresivo de un tiempo y lugar histórico; un ejemplo claro está en el caso de Eisenstein quien expresa en sus obras la conmoción por una parte y por otra, la efervescencia del triunfo ideológico de la revolución bolchevique. La organización de la naciente sociedad socialista exigía la transformación en el campo cultural, la revolución cultural se hace parte de la revolución política encarnada en la obra de Sergei Eisenstein y su lucha contra el viejo realismo burgués que dominaba la tradición del historicismo ruso de la época zarista.

La primera referencia que conozco de un análisis que utiliza al cine como fuente interpretativa para un proceso histórico determinado es el trabajo de Sigfried Kracauer en “De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán” (Paidós, 1985), el cual desde la especificidad del estudio del cine expresionista alemán se adentra en la búsqueda del rastro ideológico de la propaganda nazi. Aun cuando el texto da fundamentalmente lectura al efecto causado, muestra la disposición del recurso cinematográfico en la horma ideológica de una estructura hegemónica.

Sin embargo, no sería hasta que aparecieran los trabajos de Marc Ferro, historiador francés de la prestigiosa escuela de Annales, cuando la cinematografía comienza a tomar sustento como fuente de la historia, al tiempo que también es valorada como medio de enseñanza para la historia contemporánea, pues sorprendentemente hasta mediados de los años setenta e incluso en espantoso asombro para algunos casos hasta inicios del presente siglo, muchos historiadores desde el puritanismo académico no consideran al cine como relator válido para la enseñanza de la historia; afortunadamente ya quienes piensan así pueden escribir sobre ellos mismos como hechos pasados.

Para Ferro el cine debe ser indudablemente sometido al rigor del análisis crítico que permitirá extraer el reflejo de los hechos sociales que pueda contener, por lo cual la selección de los documentos fílmicos es tarea laboriosa. Sostiene que el cine forma parte en sí mismo como importante agente de la historia contemporánea ya que constituye una herramienta del progreso científico que posee características que le entrelazan con los procesos doctrinarios; pero aun así, atado a la vigilancia, la censura, el control oficial o corporativo privado, una película es un documento, y como tal aporta directamente o por medio de su descomposición al conocimiento del pasado. Piensa que el cine genera un efecto desorganizador de la apariencia que las instituciones o personas creen reflejar por medio de él, ya que suele decir más sobre éstas que lo que ellas han querido mostrar, en cierto sentido tiene al menos dos caras, la que el realizador (individual o corporativo) quiere exponer y la que está a disposición de la sociedad. No creo refiera a la compleja y muchas veces agotadora retórica de la relación espectador y obra de arte, es más mundano su análisis, es como si desde la revisión del documento se puede dar incluso con lo que no se quiso explícitamente mostrar, ya que el film no se observaría como obra de arte sino como producto que permite un acercamiento sociohistórico, lo que haría posible su disección para obtener fragmentos que, en relación con otras fuentes, sustenten la interpretación histórica. No deja de mostrar lo difícil de tomar al cine como fuente secundaría, pero destaca el testimonio que las películas pueden contener sobre el propio momento de su realización, incluso aquellos filmes que cuentan hechos pasados no escapan de esta posibilidad, ya que las formas narrativas son un signo de la época.

Desde el lugar del/la historiador/a, para Ferro las películas al tomar características de fuentes históricas transcienden la condición de obra de arte y pueden ser incorporadas al mundo del cual surgieron como producto cultural, de manera de poder dar cuenta de los rasgos ideológicos de un autor o una sociedad. Marc Ferro parece valorar más la cinematografía que describe acciones sincrónicas a su momento de rodaje, pues constituyen para él un testimonio de la mentalidad contemporánea.

Otro historiador al que referiremos en este paseo por el cine como fuente del estudio histórico es a Robert Rosenstone. Este autor norteamericano profundiza en la relación del cine con la historia, y mira las posibilidades del primero para relatarla. Rosenstone sostiene que al igual que la escritura, el cine es una forma válida para producir discurso histórico, ya que ambas (la historia escrita o filmada) no representan un reflejo directo de los acontecimientos, sino una reconstrucción de ellos con lenguajes diferentes, por tanto el cine puede por medio de sus recursos expresivos generar el lenguaje necesario que le permita comunicar conocimiento histórico. Un aspecto muy interesante es su cuestionamiento a la valoración de las películas que refieren a hechos o sucesos históricos con la misma lógica y verificación que se puede tener ante una obra escrita, pues esto conduce a suponer que nuestra relación con el pasado esta mediada únicamente por los parámetros de las textos de historia y que esos textos contienen la realidad histórica verdadera, lo cual parece atrayente desde el punto de vista de establecer un cuestionamiento a las fuentes, al tiempo que refiere a la construcción de los diferentes relatos históricos.

Rosenstone se lanza a proponer que las películas que relatan hechos pasados están al mismo nivel de importancia narrativa que la historia oral y la escrita. Su perspectiva busca fortalecer la posibilidad de la narración histórica en lenguaje cinematográfico como multiplicador de herramientas didácticas para la enseñanza de la historia en todos los niveles educativos. Por otro lado también quiero resaltar los conceptos de invención falsa y de invención verdadera utilizados por él para analizar obras cinematográficas de carácter histórico; la primera refiere a la ficción que aborda de forma ampliamente tergiversada y sin rigurosidad ninguna momentos del pasado, y la segunda está orientada al cine de ficción que busca expresar el pasado con acatamiento a lo aportado por diversas fuentes e investigaciones. Reconoce la debilidad del cine comercial para contar el pasado, fundamentalmente por la carencia de respeto que muestra por los sectores populares quienes son en definitiva el receptor del discurso y heredero (incluso protagonista) de lo contado en la pantalla.

Sin duda hay quienes actualmente orientan su esfuerzo metodológico por afinar las herramientas que posibilitan el uso de los filmes como fuentes de la investigación histórica, ya hay un espacio poblado que utiliza al cine documental para investigar y enseñar sobre el pasado, es un reservorio significativo de imágenes y  testimonios orales que cuentan lo acaecido, que dan fuerza el arduo trabajo de las y los historiadores por utilizar constantemente nuevas fuentes que permitan tener una descripción analítica de las formas de vida en momentos anteriores a nuestra contemporaneidad.

Textos consultados:

-FERRO, Marc (1995), Historia contemporánea y cine. Barcelona. Ariel.

-ROSENSTONE, Robert (11997), El pasado en  imágenes. Barcelona, Ariel.  

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