Lugares comunes y sutilezas de la Revolución China.

Por Dario Di Zacomo (Buenos Aires, Argentina)

La República Popular China es hoy el principal motor de la economía mundial, como comprador de materias primas y exportador de manufacturas, reservándose una posición de primicia en el circuito financiero internacional y de ser el país con mayor cantidad de reservas de divisas a nivel planetario. El crecimiento económico experimentado por el gigante asiático en las últimas cuatro décadas no deja de impresionar, alcanzando un acelerado incremento de la renta per cápita en una nación con la mayor población del mundo.

La revolución China, a diferencia de la rusa, aun continua su marcha, no colapsó para dar paso a una economía de mercado, sino que desde la década de los ochenta del siglo pasado desplego importantes reformas económicas que le permitieran alcanzar a la nación el lugar preponderante que hoy ostenta. Reformas que constituyeron una revisión y resignificación del orden gobernante, impulsado por el propio Partido Comunista Chino (PCCH). Este partido nacido en 1921, configuró el eje del proceso revolucionario alcanzando el triunfo definitivo en 1949, tres décadas de desarrollo que las circunstancias históricas le dieron su potente personalidad. Sucesos significativos marcan ese desarrollo: como en 1927, tras haber adhirió junto con los nacionalistas del Kuomintang (KMT) para enfrentar a diferentes regímenes de caudillos, Chiang Kai-shek jefe de este último partido ordenó el asesinato de los principales líderes del PCCH que se hallaban en el puerto de Shanghai, Mao se salva por no encontrarse en la ciudad. No cesaron los esfuerzos desplegados por el KMT para aniquilar a los comunistas.

En 1934 Mao al mando del Ejército Rojo toma la decisión, ante la difícil situación que atraviesan sus fuerzas, de replegarse hacia las regiones del noroeste del país, esta acción es conocida como la Gran Marcha, una retirada estratégica que permitió reorganizar sus fuerzas y controlar regiones que fueron gobernadas por el Partido Comunista, la importancia de esta experiencia es fundamental para el crecimiento cuantitativo y cualitativo del ejército revolucionario. Posteriormente con la invasión japonesa entre 1937 a 1945 los comunistas cierran filas con los nacionalistas nuevamente para combatir al enemigo invasor; tras el fin de la segunda guerra y la derrota de Japón afloran las contradicciones entre los dos modelos políticos y en una guerra civil que se extiende hasta 1949 el Ejército Popular de Liberación (EPL) con Mao a la cabeza logra alzarse con la victoria, dando inicio a la República Popular China.

La revolución consigue el control definitivo del Estado Chino a través de un largo proceso que, si bien se afianza con la derrota militar del KMT, se fue consiguiendo progresivamente por medio de la consolidación militar y una estrategia de territorios liberados donde se ponía en práctica la gestión de la nueva política por medio de un contra-Estado que va restando legitimidad al poder formal. Este contra poder se va arraigando en la población campesina, su movilidad se inserta en las grietas que se presentaban por las debilidades de gobernabilidad existentes desde antes del final de la dinastía Qing (1644-1912). No hay que olvidar que la maquinaria militar del KMT era poderosa y contaba con el apoyo de los Estados Unidos, pero el Partido Comunista libraba una guerra de guerrillas muy eficaz, acompañada con la implementación de políticas en sus zonas de control: reducción de alquileres, distribución de tierras, cancelación de deudas y apertura de escuelas; con lo cual daba cuenta de su capacidad y forma para asumir el control del Estado y gobernar, al tiempo que ampliaba su base de militancia.

A diferencia de los bolcheviques que tras tomar el poder se ven sumergidos en una guerra civil contra la reacción, el PCCH tomo el poder tras su victoria en la guerra civil, fuerza que también había logrado derrotar al invasor japonés; obtiene en un continuo la independencia nacional y la paz interna después de varias décadas de conflictos. El triunfo del Ejército Popular de Liberación trajo la quietud política en todo el inmenso país, además de propiciar la recuperación y estabilidad económica (no comparable a la China actual por supuesto), abolió el latifundio y reabrió las fábricas cerradas sin necesidad de realizar una gran expropiación de industrias pues la mayor parte de ellas ya eran propiedad del Estado; incluso la clase media china de las ciudades tomó la llegada de los comunistas con más alivio que resistencia, ya que al reactivarse la producción nacional los trabajadores volvían a sus empleos. El nuevo gobierno revolucionario encarnaba ideales patrióticos y de disciplina social que le proporcionaban un fuerte apoyo popular.

El gobierno de la República Popular se robusteció en el campesinado chino, el Partido rápidamente inicia un proceso de distribución de tierras, posteriormente la colectivización de la producción agrícola, para desembocar en 1958 en el Gran Salto Adelante donde Mao decide acelerar el ritmo de la producción, creando las comunas populares que se pensaba podían dar paso a procesos de industrialización local y aumento de la producción de cereales y productos agrícolas en general. Los resultados fueron catastróficos, y al sobrevenir la desventaja climática se produjo la mayor hambruna del siglo XX para China. El Gran Salto Adelante había fracasado y Mao apartado ligeramente del poder.

En 1966 el líder chino pone en marcha la Revolución Cultural. Este proceso a menudo caótico, afectó a muchos de los opositores que al interior del Partido tenía Mao; las muertes, represión y castigos son los componentes más comúnmente destacados del proceso, pero hay más que eso, se trató de un amplio movimiento que prevenía la instalación en el poder de una casta burocrática al estilo soviético. Para evitar la desviación burocrática hacia el capitalismo que Mao percibía en el Estado, no apela a los organismos de seguridad como principales agentes contra los dirigentes del Partido, se enfoca en la juventud como potencia y actor de la revolución cultural, agita a las masas desde abajo, muy lejos del estilo stalinista de la “conspiración interna”. La Revolución Cultural va emergiendo desde las bases hacia la burocracia, moviliza contra ella a los estudiantes y trabajadores, hombres y mujeres jóvenes, radicaliza la transformación igualitaria adentrándose en las diferencias entre ciudad y campo, agricultura e industria, trabajo manual e intelectual. Cosas sorprendentes pasaron durante los diez años aproximados que duró, las universidades cerraron y los estudiantes (de las ciudades) fueron a trabajar al campo junto a los campesinos, frecuentemente en los primeros años con entusiasmo y sin violencia. Ciertamente la humillación pública y la degradación fueron comunes para los sujetos considerados objetivos de reeducación, pero también muchos volvieron de su exilio rural finalizada la Revolución Cultural, no fueron aniquilados.

Cuando Deng Xiaoping asume la dirección de la República Popular China en 1978, la sociedad estaba cansada de la Revolución Cultural, ya le era suficiente y necesitaba salir del desconcierto que ella representaba, las sociedades requieren de orden y estabilidad. Después de una década de caos (controlado o no) ya no habría una involución en el gobierno hacia la burocracia conservadora y gerontocrática como pintaba la URSS para los comunistas chinos. La Revolución Cultural había atenuado el poder central a costa del fortalecimiento autonómico de las autoridades provinciales, esto constituyó una fortaleza posterior para las reformas económicas, pues resultó en un sistema político más descentralizado que el anterior a la Revolución Cultural, sin riesgos de disolución.

Deng no regresa solo a controlar el Partido y el Estado, lo hace con otros líderes (como Chen Yun, Bo Yibo, Peng Zhen, entre otros), eran combatientes de la guerra civil y de la liberación nacional (el pueblo muchas veces los homologaba con el mito de “los ocho inmortales”, deidades que tenían existencia terrenal); un colectivo, que a pesar de sus desencuentros supo conducir la reforma. El gobierno se caracterizó por la paciencia táctica para medir los resultados de los cambios de dirección, acompañado de temperamento leninista, disciplina radical, imaginación y prudencia en las relaciones internacionales. La República Popular China se abría paso al desarrollo en una década, ya para los noventa ese desarrollo le permitía buscar su lugar como potencia.


Textos consultados:

-MAO, Tse-tung (1976) Historia de la Revolución China. Colección básica 15, Madrid. En:

file:///C:/Users/Dario%20Di%20Zacomo/Downloads/historia-de-la-revolucion-china.pdf

-CVECH (2019). China, el mundo y américa latina.Caracas-Beijing.

– ANDERSON, Perry (2010). Dos revoluciones. Notas de borrador

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