Lo universal es un falso positivo (1)

Por Gregorio Pérez Almeida

“¡Quiero ser universal como el alcance de tu mirada y la comisura de tu boca! / dijo el amante arrebatado a su dulce enamorada / pero ya era tarde para ella porque de otro estaba universalmente enamorada”. Anónimo urbano.

Lo “universal” es un falso campo de batalla al que nos llevan –y mantienen- como caballos con gríngolas los “tanques pensantes” del neocolonialismo filosófico, cuya guarida está en las fundaciones privadas que financian universidades y otras instituciones académicas de investigación y difusión del pensamiento eurocéntrico , inclusive “crítico”. Es el “querer ser como ellos” que nos sale de las vísceras como el hambre.

Según la mitología filosófica eurocéntrica, el tema comienza con el presocrático Tales de Mileto, ¿Recuerdan? Quien echando una meadita desde una piedra en un acantilado a orillas del Mar Egeo, descubrió que todo era agua: el infinito mar, la lluvia, el rocío, el caldo de pollo, el líquido rojizo que salía del cuerpo herido en batalla y el orine que le salía abundantemente del cuerpo después de tomar vino. Así se resolvía “infantilmente” la relación material y espiritual del individuo con el universo que, además, estaba gobernado por los dioses.

Después, esa explicación elemental en la “infancia de la filosofía” de la relación entre el hombre y el universo mediada por los dioses, tomó cuerpo con Platón/Sócrates con el “conócete a ti mismo”. Un tiro al suelo, porque si hasta el orine estaba relacionado con el universo, lo mejor era conocerse a sí mismo antes que nada para comprender cómo era ese universo y qué hacían los dioses ahí. Esta es la raíz del rollo central de la “filosofía moderna”, cuyo exponente principal es Hegel, pero relatada en términos técnicos: lo particular: lo finito, el sujeto o subjetividad individual, y lo universal: Dios, lo infinito, el espíritu, el concepto, la totalidad o el Estado.

Hegel, como muchos otros antes que él, intenta transformar el problema teológico del divorcio entre el sujeto y el dios cristiano luego del “pecado original” y la expulsión del “paraíso terrenal”, en un problema racional e histórico. El rollo es cómo reconciliarlos, cómo hacer para que el hombre (sin las mujeres) pueda recuperar su lugar en lo universal que, como vimos en el drama de Kant con su amante Lampe y su obsesión voyerista por la «cosa en sí» en un burdel, no sólo está en la comisura de la boca sino en otras partes del cuerpo y de la vida.

Pero Hegel, heterosexual autoritario y misógino, como demuestra Carla Lonzi, en su libro “Escupamos sobre Hegel”, que me envió Lirio, desarrolló su filosofía de forma abstracta hasta que reveló su contenido teológico en sus cursos de “Filosofía de la Religión”. Después vinieron los “giros”, que si hermenéutico y lingüístico, que intentaban huir de la “metafísica”, paja, el perro mordiéndose la cola. El verdadero “giro” y que nos importa vitalmente es el “geopolítico” dado por Enrique Dussel, que pone la filosofía como instrumento de dominación en el Sistema Mundo Capitalista.

La última batalla a la que nos han llevado nariceados –y en la que estamos- es la de desplazar lo “universal” por lo “pluriversal”, o el “universo” por el “pluriverso”, utilizando aún el término aplicado por Hegel para mantener todo igual haciendo como que cambia, exactamente la crítica hecha por Marx a su «dialéctica». Me refiero al concepto de “superación” (se los digo en alemán como prueba de mi arta formación: Aufhegung), que para mí es como querer acabar con las chiripas utilizando el insecticida que acelera su reproducción para salvar a la especie…

Pero, en esta batalla, aunque simples soldados de tropa, tenemos posibilidad de lograr algún triunfo gracias a los análisis del grupo que se conoce como “modernidad/colonialidad”, en el cual no todo huele a rosa ni es un jardín de flores, como veremos, pero nos coloca en una posición desde donde un simple granadero puede lanzar bombas y causar estragos.

Lo universal a la vuelta de la esquina

El amante del epígrafe –machista sin duda- estuvo cerca de lo “universal”, pero ya le habían soplado el bistec o, si lo prefieren menos obsceno, otro macho menos machista le había suspirado el cielo al oído de la amante, pero esto no significa que “lo universal de su mirada y la comisura de su boca” no siga ahí, esperando otra subjetividad más dialéctica, es decir, que se eleve hasta el infinito sin mucho discurso y más acción. Tampoco el amante dejará de tener necesidad de otro ser que le haga superar su finita soledad. Para lo único que sirve la dialéctica es de metáfora en el amor: cómo elevarnos a lo universal de otro cuerpo sin perdernos el uno en el otro.

¿Cuál es la moraleja de este cuento tan «banal»? Que hay tantos universales como ganas de tenerlos. Que no existe un único y solo universal”, sino muchos y tantos universales como mundos caben y salen de las cabezas pensantes de los pueblos y los sujetos que en ellos conviven. Tal es la tesis de Immanuel Wallerstein: la batalla moderna de las ideas que llama ideologías- en el Moderno Sistema Mundo Capitalista, es una batalla entre universales, porque cada pueblo, etnocéntricamente, construye y trata de reproducir su concepción del mundo y vence el que tiene suficiente poder de persuasión y destrucción para hacer hegemónica su cultura_.

Europa es la perversión del “etnocentrismo” propio de los pueblos y culturas en el mundo “conocido”, porque sus linajes y clases sociales asumen ser la cuna de la “Cultura Occidental”, la “única civilización” y hacen de sus propios parámetros para identificarse y evaluar a las otras culturas un axioma discriminatorio, excluyente y genocida de los pueblos que no concuerdan con sus principios y valores liberales, cristianos, heterosexuales y capitalistas. Ellos construyeron la universalidad que está lejos de la vida en común y, aún más grave, de la vida en sí misma. Su universalidad mata.

Por ello, modestamente, mi criterio para arrimarnos de buena onda a otra universalidad, o a una “universalidad otra” como dicen las y los radicales decoloniales, es que me permita mirar el infinito a través de unos ojos que miren bonito y arrimar mi boca a las comisuras de otra boca enamorada y, en plena comunión, hacer de la vida una gozada

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