LAS DOS CARAS DEL IMPERIO ESTADOUNIDENSE

Por Ángel Colmenares

La autora del trabajo que comentamos reitera su opinión, expresada ―por ejemplo― en el artículo “El imperio estadounidense es un asesino en serie con cara sonriente” cuyo texto publicamos/comentamos el 08 de noviembre de 2020.

En aquella exposición, su autora enfatizó lo ilusorio de creer que la victoria electoral de BIDEN signifique algún cambio en la sanguinaria conducta del gobierno estadounidense por mantener su hegemonía sistémica, pero en el artículo que hoy referimos el foco de la atención está en la obnubilación publicitaria que oculta/legitima a la continuidad política [«superpuesta en lo alto de un interminable río de sangre humana»] del imperialismo bajo el oropel del “cambio”.

Es conocida la situación de “parálisis de la historia y de la memoria” (DEBORD) que sufrimos por la acción mistificadora/atomizadora de la conciencia que ejerce la corporación mediática ―particularmente en los Estados Unidos―  allá estudiada y denunciada desde los años cincuenta por analistas y críticos como Vance PACKARD.

Ya en las postrimerías de la década de los sesenta, el filósofo Guy DEBORD explicaba:

«El tiempo del consumo de imágenes, médium de todas las mercancías, es de modo implícito el campo donde se ejercen plenamente los instrumentos del espectáculo y el fin que estos presentan globalmente como lugar y como figura central de todos los consumos particulares: se sabe que el ahorro de tiempo buscado constantemente por la sociedad moderna –ya se trate de la velocidad en los transportes o del uso de las sopas en sobre– se traduce positivamente para la población de los Estados Unidos en el hecho de que la sola contemplación de la televisión le ocupa por término medio entre tres y seis horas diarias.» [“La Sociedad del Espectáculo”, Edit. El Perro y la Rana, 2014, p. 113]

Allí están, escondidos en libros, relatos, fotos y celuloide, los atentados cometidos contra minorías étnicas, posiciones políticas y tendencias culturales. El Ku Klux Klan, los destacamentos armados de la “supremacía blanca”, la práctica terrorista gubernamental del “maccarthysmo”, el hostigamiento y delaciones promovidas contra intelectuales y artistas como ―entre otros―, Alvah BESSIE, Charles CHAPLIN y Dalton TRUMBO, a quien han tratado de reivindicar haciendo conocer las creaciones que entonces le bloquearon y vetaron, incluso prohibiendo mencionar su nombre como autor de guiones cinematográficos como “Espartaco”. 

También es de recordar el histérico rosario de acusaciones de espionaje, estimulado hasta el paroxismo por la “guerra fría”,  que costó la vida a dos científicos, Julius y Ethel ROSEMBERG, asesinados en la silla eléctrica en 1953.

Uno de los intelectuales que denunció esa situación fue el dramaturgo Arthur MILLER con su obra “The Crucible”, mejor conocida como “Las Brujas de Salem”, episodio histórico del Massachusetts de 1692 que MILLER  utilizó como alegoría del fascismo maccarthysta.

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