La revolución Boliviana: “¿De dónde has venido?…Del centro de los mundos…” la rebelión de Todos Santos de 1979

Por (Dario Di Zacomo, Buenos Aires, Argentina)

Como anunciamos en nuestro escrito anterior sobre la revolución boliviana (El movimiento nacionalista de 1952), corresponde ahora abordar otro momento rebelde que encarna una crisis donde los sectores sociales oprimidos de Bolivia se fueron formando, aprendiendo y fortaleciendo en su perspectiva objetiva de poder, se trata de la resistencia al golpe militar en noviembre de 1979.

Con el fin del cogobierno se sella la salida de la clase obrera del gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y la progresiva degradación del proyecto, que a pesar de sostenerse como fundamento del Estado hasta inicios de la década de los ochenta, deriva en una secuencia de gobiernos militares a partir de 1964, iniciando con el gobierno de facto del general René Barrientos (1964-1969), luego la dictadura de Hugo Banzer (1971-1978) y cerrando con el golpe de Estado de Luis García Meza (1980-1981).

Los días primero y dos de noviembre la mayoría de las familias bolivianas se preparan para ser acompañadas por sus difuntos, las ánimas llegarán al mediodía y se marchan al día siguiente: “¿De dónde has venido?, te preguntaré/ Del mundo lluvioso,/ Del centro de los mundos, debes decirle*. Oraciones, cantos y flores adornan los sepulcros en los cementerios y los altares de las casas. Pero el 1° de noviembre de 1979 los preparativos se transformaron en un movimiento importante de rebelión. En la madrugada de ese día, el Coronel Alberto Natusch Busch inició un golpe de Estado al apoderarse del Palacio Quemado y del Ministerio del Interior, y así Walter Guevara Arze, quien había sido designado por el Congreso boliviano como presidente interino de la república, queda depuesto. El golpe militar contaba con el apoyo de sectores importantes del MNR y del partido banzerista Acción Democrática Nacionalista. Una fuerte represión hacia la población que salía a protestar contra el golpe se desató de contiguo en las ciudades de la Paz y Cochabamba; “…Con un aborrecimiento radical por las formas, por lo parlamentario y lo jurídico, Natusch se refugió en el Palacio Quemado mientras sus hombres cumplían la doctrina para la que habían sido preparados sobre todo en Panamá” (Zavaleta [1983] 2015: 218).

La rebelión popular fue la inmediata respuesta al golpe; ya antes, en 1977 se había expresado un pacto de masas, en la huelga de hambre de las mujeres mineras encabezada por Domitila Barrios Cuenca, durante el gobierno dictatorial de Banzer. Natusch Busch decretaba ley marcial, y el pueblo se insurrecciona en las calles, armando barricadas alrededor de la céntrica plaza San Francisco, y en los barrios populares, a pesar del uso de carros de guerra, tanques y helicópteros para enfrentar a los manifestantes. Más tarde, en ese mismo día de los santos difuntos, la Central Obrera Boliviana (COB) convocó la huelga y paro general contra el golpe, los sindicatos campesinos se sumaron e incorporaron sus formas de lucha traídas del campo a las ciudades; durante dieciséis días se mantuvo la resistencia hasta lograr la renuncia del golpista.  La rebelión del 79, logró detener el golpe militar en esa oportunidad; no era una defensa al gobierno de Guevara, más bien retumba como reclamo democrático, más allá de las determinaciones de la democracia liberal representativa: se demanda por el cogobierno, la igualdad política, la renacionalización de la economía, “…allá mismo donde la democratización social es débil o nula, la democracia representativa llega sin embargo, sobre la base de aquélla, a imponerse como un ideal de las masas. La mediación está dada por la democracia considerada como autodeterminación de las masas, es decir, como la capacidad actual de dar contenido político a lo que haya de democratización social y de poner en movimiento el espacio que concede la democracia representativa” (Zavaleta [1983] 2015: 242-243). Lo que ocasionó la rebelión de Todos Santos fue una crisis social en Bolivia, donde emergían por las hendijas del proyecto nacional-popular dimensiones de la etnicidad y reclamos acallados, era más que los frecuentes inconvenientes con que se tropiezan las democracias representativas de nuestros países dependientes.

El indianismo, visto como línea de acumulación histórica, había tomado fuerza orgánica desde finales de los años sesenta; una de sus expresiones más potentes es el Katarismo como discurso en construcción de un relato político desde las comunidades autóctonas, fundamentalmente aymaras campesinas, “…comienza a resignificar de manera sistemática la historia, la lengua y la cultura” (García Linera [2005] 2007: 154). El proyecto nacionalista estaba construido sobre un supuesto de cuerpo social homogéneo, el katarismo denuncia las diferencias en el acceso a los derechos de ciudadanía que se presentaban entre indígenas y mestizos, para la mayoría de los originarios que conformaban capas campesinas las posibilidades de mejoras y ascenso social eran un mero espejismo.

La reivindicación de la indianitud, desde este periodo rompe con la estigmatización de la cual había sido objeto, es más bien una condición para la emancipación, es “designio histórico” que va tomando forma de proyecto político. Las diferentes expresiones políticas del indianismo comparten un discurso que recompone el papel del indio en la historia nacional boliviana y del continente, recupera prácticas culturales que se traducen en un fortalecimiento de la autoidentidad, músculo de las formas organizativas que impulsa (García Linera [2005] 2007).

El movimiento katarista conforma, justo a mediados de 1979, entre la representación gremial campesina Aymara, Quechua y Guaraní, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), “…hecho que sella simbólicamente la ruptura del movimiento de los sindicatos campesinos con el Estado nacionalista en general y, en particular, con el pacto militar campesino que había inaugurado una tutela militar sobre la organización campesina” (García Linera [2005] 2007: 156).

Las formas de lucha, que desde la revolución nacionalista de 1952 se habían reinventado en los conflictos múltiples del obrerismo minero y los campesinos indígenas, en ese noviembre brotan como resistencia insurreccional en los barrios de las ciudades bolivianas para combatir al gobierno de facto, son el empuje de la multitud en rebelión desde la tradición comunitarista campesina, por un lado, y la insurreccional obrero-urbana por la otra.

La confluencia de los sectores sociales campesinos y obreros contra el golpe militar, se conformó alrededor de la huelga general convocada por la Central Obrera Boliviana (COB), que poseía la característica fundamental de ser la primera huelga convocada para defender la democracia desde el inicio del ciclo dictatorial en 1964. Esta fusión de intereses y objetivos de luchas de sujetos sociales representa para autores como René Zavaleta y Luis Tapia la conformación de un bloque histórico, que con la desenvoltura de saber lo transcurrido, nos permite inclinarnos a esa precisión analítica (Zavaleta [1983] 20154: 218-219)(Tapia, 2015: 181). Este bloque es también llamado por Zavaleta como la masa, en tanto da cuenta de estructuras de rebelión presentes en la sociedad (abigarrada). La resistencia de noviembre del 79 tomó características de estructura de rebelión, al presentarse como lugar de acumulación que articula a los sindicatos campesinos, organizaciones gremiales estudiantiles y urbano-populares, con los sindicatos obreros y de trabajadores, en el objetivo de impedir el avance del golpe de Estado, sobre reclamos que trascienden la mera participación electoral desde la democracia representativa, para actuar por encima del hombro de la sociedad civil, aun proviniendo de ella.

Los días de resistencia en las calles dejan ver la estructura del conflicto social boliviano. Por un lado, los sectores populares (obreros, campesinos, población indígena urbana y rural) que se articulan en torno a un momento de rebelión por medio de sus organizaciones sindicales y gremiales; y por el otro, el ejército, los partidos establecidos, la confederación de empresarios, con el apoyo de Estados Unidos y los gobiernos militares de la región para ese momento.

Alberto Natusch Busch, quiso negociar con la COB, ofreciéndole participación en el gobierno, pero la Central no cayó en la maniobra y mantuvo la huelga, que la transcendía pues la “…huelga general obrera se convirtió de inmediato en la huelga política de todo el pueblo…”( Zavaleta [1983] 2015: 246), así que la huelga no cesó. El costo en vidas fue inmenso, más de trecientos muertos y probablemente el doble de heridos, el pueblo pobre nuevamente ponía sus vidas. El día 16 de noviembre Natusch abandona el Palacio Quemado, solo alcanzando a negociar la no vuelta de Guevara a la presidencia, en su lugar el Congreso nombra como presidenta interina a Lidia Guéiler por un año para convocar a elecciones. Las elecciones no llegaron, pues en julio de 1980 otro golpe militar, ahora encabezado por Luis García Meza, quien dejaría un triste registro de narcotráfico y corrupción en el país andino.

Para finalizar destacamos que durante el noviembre de 1979, el movimiento campesino boliviano mostró el rumbo que en adelante tomaría frente a la conflictividad social del país; por décadas había sido objeto de los aparatos ideológicos venidos de la iglesia y los medios de comunicación para inculcarle desconfianza en la clase obrera, tildada de comunista que pretendía despojarla de la tierra, la cual en la mayoría de los casos ni siquiera poseía.

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*Fragmento de rezo Aymara dedicado a las almas de los niños difuntos.

Trabajos consultados:

-GARCÍA Linera, Álvaro. ([2005] 2007). Indianismo y Marxismo El desencuentro de dos razones revolucionarias. En:Bolivia: memoria, insurgencia y movimientos sociales.  Buenos Aires: Clacso.

-TAPIA, Luis. (2007). Bolivia: ciclos y estructuras de rebelión. En:Bolivia: memoria, insurgencia y movimientos sociales.  Buenos Aires: Clacso.

-ZAVALETA, René. ([1983] 2015). Las masas en noviembre. En: Autodeterminación de las masas/Antología.  México: Siglo XXI Editores; Buenos Aires: Clacso.

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