Escuela de Sabidurías (10)

Por Gregorio Pérez Almeida

Quienes han estado en un salón de clases, saben reconocer cuando el profesor o profesora está improvisando, hay señales inconfundibles: repite buenos días o buenas tardes varias veces, luego se tarda un montón buscando la lista (una vaina que nunca lleva a clase), la pasa e indaga por los inasistentes, una vez cumplido este protocolo, comienza preguntando “¿Quién puede decirnos cuál fue el tema que tratamos la última clase? (y se escucha el rumor: pero si este viejo no viene desde hace tres semanas) y, como es de esperar, nadie levanta la mano, de manera que el tipo o tipa pone cara de decepción y se dispara un discurso sobre la responsabilidad.

En mi caso, no los piratearé tan feo, sino que improvisé una clase de esas que llaman “magistrales” sobre un tema que me gusta mucho y supongo que también les gustará a ustedes y si no es así, siempre está el pataleo post clase vía wasap.

Les hablaré de las tesis de Manfred A. Max-Neef, un economista chileno que tiene una teoría sobre las necesidades humanas revolucionaria y cuestionadora de las concepciones hegemónicas en el pensamiento occidental. Si queremos ubicar a Max-Neef en alguna matriz epistemológica, ella es la anarquista, muy cercana a la de Feyerabend. Su libro clave es “Desarrollo a escala humana” y está en internet, gratis.

Pero, comenzaré de abajo hacia arriba, esto es, primero pondré unos ejemplos y luego intentaremos comprenderlos desde la concepción de Max-Neef. Son dos poemas dedicados al amor. Uno anónimo y muy antiguo y otro más reciente de Miguel Hernández. ¿Por qué estos poemas y no otros? Para que me cuadre la clase…

Primero, el poema anónimo que, se cree, fue recitado por una novia del rey sumerio Shu-Sin, quien gobernó entre 2.037 y 2.029 a. C. Está grabado en una tabla de arcilla descubierta a fines del siglo 19 por arqueólogos en Nippur, al sur de Irak.

Novio de mi corazón, amado mío;
tu encanto es dulce, dulce como la miel.
Querido de mi corazón, amado mío;
tu encanto es dulce, dulce como la miel.

Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
novio mío, quiero escapar contigo a la cama.
Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
querido mío, quiero escapar contigo a la cama.

Novio mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.
En la alcoba, empapada de miel,
gocemos de tu dulce encanto.

Querido mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.

Novio mío, si me quieres,
habla con mi madre y a ti me entregaré;
habla con mi padre y me entregará a ti como regalo.

Darte placer… Yo sé cómo darte placer;
novio mío, duerme en mi casa hasta el alba.
Alegrar el corazón… Yo sé cómo alegrar tu corazón;
querido mío, duerme en mi casa hasta el alba.

Si me amas,
amado mío, hazme cosas deliciosas.

Mi señor, mi dios; mi señor y mi dios protector,
mi Shusin, que alegra el corazón de Enlil,
¡ojalá me hicieras cosas deliciosas!
Tu sitio, dulce como la miel… ¡Ojalá pusieras tu mano sobre él!

Pon tu mano sobre él como la tapa de una copa;
extiende tu mano sobre él como la tapa de una copa.

Ahora el poema de Miguel Hernández:

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.

Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es de día.

Como se comprueba al instante, entre ambos poemas han transcurrido más de 4.000 años, pero ¿Cómo es posible que coincidan tanto en la valoración del cuerpo en la relación amorosa?


Estoy convencido que Max-Neef nos explicará por qué, pero en la próxima clase.

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