Escuela de Sabidurías (8)

Por Gregorio Pérez Almeida

Con los dos pies en tierra

Mientras espero, sin fumar, que lleguen otras voces de los pueblos indígenas y de las y los afrodescendientes de Venezuela, quisiera compartir algunas preocupaciones como venezolano de a pie y también aclarar algunas ideas importantes como vocero oficial de esta escuela.

Como venezolano, diré que ya llevo cuatro meses no digamos “confinado”, porque he salido hasta una bodega cerca de mi casa montado en el carro, uniformado con mono de deportes manga larga y tapabocas de la serie “Estás cagado”: tapabocas N95, guantes de látex, lentes de soldar y gorra impermeable. Del uniforme ya no sé de qué color es ni a qué huele, porque lo rocío con espray de alcohol cada vez que regreso, lo lavo con jabón azul y lejía, lo meto en la secadora eléctrica por media hora y lo cuelgo en un gancho de ropa en el marco de una ventana para que se ventile, hasta la próxima vez… No sé cómo estarán haciendo ustedes, pero me siento protegido.

Ahora, lo serio, lo trascendente. Al arrancar esta iniciativa wasapera en cuarentena y enconchado, lo hice con la intención expresa de aprovechar una situación inédita en nuestras vidas para compartir con humor venezolano las críticas a la filosofía eurocéntrica que expongo habitualmente en mis clases presenciales y también para conocer los pensamientos y las experiencias de vida en resistencia de los pueblos indígenas de Venezuela en sus propias voces y compartirlos con amigos(as) y conocidos(as) que se atreven a abrir el wasap y leer los textos.

Quizá coincidamos en que es fácil hablar “de” y “por” los pueblos indígenas, imitar sus voces, pero es un desafío escucharlos directamente. Desafío al silencio, al desconocimiento y los prejuicios con los que vivimos respecto a ellos, sobre todo en Caracas, donde habitan más de tres mil (3.000), de distintos pueblos, que conservan sus lenguas y tradiciones, incluyendo sus propias vestimentas. Son mundos que viven escondidos en el nuestro que consideramos único, moderno y en presente, por lo que cuando nos cruzamos con ellos en una calle, los miramos como quien mira el pasado remoto de la humanidad: ¡Ay, mira, un indio!

            Sin embargo, confieso que no tengo muy claro esto de los mundos y me llama la atención la consigna del Ejército Zapatista de Liberación Nacional que dice: “Luchar por un mundo donde quepan todos los mundos”. ¿Qué significa y en qué consiste? ¿Hablamos de “mundos indígenas” o de “mundo indígena”? Si cada pueblo indígena tiene su propio y exclusivo mundo ¿cabrán todos en uno? ¿En cuál? ¿Qué tiene que ver esa consigna revolucionaria con la liberal y occidental de “Cada cabeza es un mundo”? ¿Tienen que caber todos los mundos en uno sólo o pueden existir mundos contiguos? Si asumimos el plural, ¿Cómo caben los mundos indígenas en mi mundo? ¿Cabe mí mundo en los de ellos? Estas dos últimas preguntas han sido respondidas en la modernidad capitalista con un triste y violento ¡NO!, ¿Podremos responderlas con un alegre y pacífico ¡SÍ!?

Esta breve y quizá efímera experiencia de la Escuela de Sabidurías, se propone responder esas preguntas, pero sobre todo otra que se ha planteado repetidamente en mis clases presenciales y es la que antecede a las otras: ¿Cuál es el mundo de quienes nacimos, nos criamos y vivimos en las ciudades capitales y no tenemos referentes culturales indígenas, afrodescendientes o campesinos directos? Aclaro: una cosa es la “vida campesina”, vivir en y del campo, y otra es “conocer la vida campesina”, porque en la Caracas de mi infancia conocí campesinos y tengo familia campesina, pero nací y me crié en Caracas, de manera que no tengo “un pueblo” que añore y al cual quisiera regresar en mi vejez.

No sé, digo yo, sin responder esta pregunta previa, es difícil que asumamos como posible la existencia de “un mundo donde quepan todos los mundos”, porque sin saber cuál es mi o nuestro mundo ¿cómo sé si le caben otros o si él cabe en otro? ¿Cuáles son los límites? Y no es una consigna retórica sino práctica, es decir política y excede los límites del “mundo” ficticio de los salones de clase. Y tampoco es superficial, porque no podemos desconocer que el 80% (o más) de la población en Venezuela y el resto del mundo es urbana y la tendencia es a aumentar.

La respuesta debemos elaborarla conscientes de que, como advierte Raúl Fornet-Betancourt: “El colonialismo deja huellas históricas y difíciles de curar, y atormenta a los vivos como un fantasma que todavía hoy puede aparecer en cada esquina, esto es, en la conciencia o subconciencia de cualquiera de sus herederos”.

De manera que hay que estar moscas, porque 500 años de centralidad del “mundo” occidental no se disipan con un simple acto de buena voluntad. Y, para complicar las cosas con esto de “un mundo donde quepan todos los mundos”, les copiaré la opinión del antropólogo mexicano Pedro Reygadas, que sintetiza las cosmovisiones que han expuesto aquí las y los Wayuu y Ye’kwana:

 “Al no coincidir Abya Yala con el secularismo y el cientificismo occidental, no hay coincidencia alguna entre la concepción de los entes (ontología) americana y la occidental. Los seres en el mundo de Abya Yala y la existencia en ellos de una mente y de un alma, comprende todo el mundo natural”.

Esta opinión es y no es alentadora. Alentadora, porque la conclusión de Reygadas, luego de varios años estudiando las sabidurías de “amerindia” y comparándolas con la filosofía occidental, es que hay una profunda coincidencia en las cosmovisiones de los pueblos originarios de Abya Yala y podemos hablar de “un mundo indígena”, pero desalentadora, porque si no hay coincidencias entre la ontología no-dualista de los pueblos originarios de América y la ontología dualista de occidente, es decir que son mundos radicalmente distintos, entonces ¿Cómo haremos para integrarnos en un mundo donde quepan ambos mundos? ¿Estaremos entonces condenados a vivir en mundos paralelos?

También te puede interesar