Escuela de Sabidurías (recreo)

Por Gregorio Pérez Almeida

En un rincón del patio de la escuela

¿Qué lo “normal” en una sociedad patas arriba, como dice Eduardo Galeano? Si responder con certeza esta pregunta en difícil, más lo es saber qué es lo “anormal” en un país condenado a vivir en una sociedad patas arriba y en la periferia. Decir “condenado” no es una metáfora, es la cruda descripción de la realidad, basta mirar los niveles de pobreza y violencia, sólo que se trata de una condena normalizada por el “sentido común” reproducido por el sistema educativo, por esto hablar de “nueva normalidad” es un verdadero reto para conversar en los 30 minutos del recreo.   

“No hay anormalidad que por normalidad no valga”. Este podría ser el refrán que exprese la verdad de lo que estamos viviendo en Venezuela desde 2003 y que se agravó con la pandemia de Covid 19. Aunque, bien pensada la cosa, la “nueva normalidad” que se anuncia como futuro, comenzó el 11 de abril de 2002, cuando la derecha dio un golpe de Estado, triunfó pero dejó el pelero en Miraflores 47 horas después. Algo anormal en el mundo y que normalizó la Corte Suprema de Justicia de aquel entonces diciendo que hubo un “vacío de poder” y unos militares actuaron preñados de buenas intenciones para llenarlo a patadas, confú y balazos. Insistió en diciembre con el paro petrolero y fue de nuevo derrotada por el pueblo y el gobierno. Desde entonces, lo “anormal” se hizo progresivamente “normal” avalado por el sentido común. Veamos algunos ejemplos:

La oposición política venezolana dejó de ser oposición, política y venezolana, para convertirse en la vanguardia de Estados Unidos. Desde entonces todo lo que dice y hace es por, para y con Washington, por lo que es “anormal” que dicha “oposición política”, viviendo normalmente en Venezuela, visite Miraflores desde el 2002, pero es normal que se la pase en la Casa Blanca, conspirando y lamiendo botas.

Desde 2015, Washington logró apropiarse del poder legislativo y el gobierno venezolano quedó con cuatro poderes: ejecutivo, judicial, electoral y ciudadano… y así hemos vivido normalmente desde entonces.

En el año 2017, a punto de una guerra civil por las llamadas “guarimbas”, no había una ciudad capital sin violencia extrema. Quemaron vivos seres humanos, incendiaron preescolares en pleno funcionamiento, aquello era el fin trágico de la democracia y de repente, el Presidente Nicolás Maduro convoca elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente, se realizan el 30 de julio bajo las más anormales condiciones y el 1º de agosto amanecimos con la paz y la normalidad de un 1º de enero.

Hace un año más o menos que un diputado de tercera categoría hizo lo que le dijo que hiciera el encargado de la Casa Blanca: se autoproclamó presidente de la república y convirtió a Venezuela en su negocio personal, se robó Citgo y la empresa Monómeros, se cogió la “ayuda humanitaria”, hizo de las trochas fronterizas sus caminos “oficiales” y convirtió a la banda criminal Los Rastrojos en su Casa Militar, contrató a unos mercenarios para invadirnos y matar al Presidente Nicolás… y anda de lo más normal entrando y saliendo de embajadas.

El dólar gringo casi sustituye al Bolívar en las transacciones comerciales cotidianas, lo que se supone atenta contra nuestra soberanía económica, y es normal que desde las y los más radicales revolucionarios hasta un pela… como yo, andemos con un billete verde en el bolsillo para “resolver” y esto no impide que seamos revolucionarios(as) y bolivarianos(as)…

Kamikazes difusos

Pero, la “nueva normalidad” en Venezuela, además de estos detalles, tiene un “plus” que no tiene ningún otro país en el mundo que sufra la pandemia de Covid 19, hablo de las y los TROCHEROS, una condición transitoria y circunstancial en cualquier territorio con conflictos graves y mucho más si es víctima de una agresión imperialista.

Por trochas ha salido y sale la gente huyendo del morir violento, del hambre, del miedo en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Somalia, El Salvador, Honduras, Guatemala y Colombia. Y por trochas salieron muchos venezolanos(as) huyendo de la guerra económica implementada desde la Casa Blanca, pero que asumieron como consecuencias de la “dictadura”, del “narcogobierno”, del “gobierno corrupto”…, en fin, piensen los (des)calificativos más rebuscados que se les ocurra para justificar su huida. 

El “plus” venezolano consiste en que las y los TROCHEROS salieron huyendo de aquí pa´llá y ahora regresan huyendo de allá pa´cá, pero no cambiaron su actitud frente al país y pareciera que regresaron no para refugiarse y protegerse sino con el firme deseo de vengarse.

Un caso digno de estudio sicológico, clínico y social, porque saber, o simplemente sospechar, que estás contagiado con un virus letal debe ser motivo de alarma individual y familiar, pero esta gente no reacciona así, sino todo lo contrario, regresa clandestinamente y se incorpora a la vida normal (¿O anormal?…ahora no sé) venezolana, familiar y social, sin importarles su salud personal y su condición de agentes propagadores de la enfermedad y de la muerte.

Este “fenómeno” de las y los TROCHEROS “suicidas”, nunca estuvo entre los análisis de los especialistas en guerras difusas o de quinta generación: connacionales enfermos que son milicianos(as) voluntarios de un gobierno enemigo que no los reconoce como suyos. La locura total: una especie de “kamikazes” que se inmolan en nombre de un fin tan difuso como es morir en una pandemia.

Pocas veces las operaciones sicológicas efectuadas por el imperialismo yanqui han sido tan eficaces como esta, sólo falta saber si lograrán realizar su deseo…

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