LO QUE EL CAPITAL PRIVADO REVELA

“THE NEW YORK TIMES” 02-07-2020. COMENTARIOS

Por Ángel Colmenares

«… En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él no intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio; pero en este caso como en otros, una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo. …» Adam SMITH. La Riqueza de las Naciones, Alianza Editorial, Madrid, 1996, Libro IV, página 554.

La autora del artículo establece un punto de partida, en 1960, para la expansión del llamado “neoliberalismo”, que efectivamente comienza su actividad en Chile con la Misión Klein Sacks, cuyo centro de operaciones fue la Universidad Católica y tuvo como vocero al diario “El Mercurio”. Por esos tiempos la USAID (United States Agency for International Development o Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional, instrumento político-financiero para conspiraciones y golpes de Estado) “facilitó”  un convenio entre la Universidad Católica chilena y la de Chicago (bajo la égida de Milton FRIEDMAN y Arnold HARBERGER) para la formación de estudiantes que luego serían el soporte meritocrático del gobierno militar en el terreno económico (los “Chicago Boys”), y lo han seguido siendo desde los gobiernos que han continuado la aplicación de la política pinochetista en el país austral.La “Guerra Fría” marcaba la pauta geopolítica y a noventa millas del territorio estadounidense había sido encendida una llamarada que alteraba la quietud del “patio trasero” y amenazaba con propagarse por buena parte del Continente, y recordamos muy especialmente al CHE, entonces ministro de Industrias de Cuba, quien organizó un círculo de estudios de “El Capital” (años 1964-1965), durante el cual discutió públicamente con los representantes del marxismo ortodoxo y tecnocrático [en aquel caso representado por Carlos Rafael RODRÍGUEZ, entonces ministro de Agricultura, y Charles BETTELHEIM, uno de los defensores de la economía aplicada por los rusos y luego crítico de la política bolchevique], poniendo en cuestión puntos clave en la caracterización del socialismo revolucionario como antesala del comunismo. En ese debate también participaron personajes como Ernest MANDEL (IV Internacional trotskista) y funcionarios del ministerio de Industrias de Cuba, uno de ellos de apellido MORA, quien por cierto adversaba los puntos de vista del CHE sin que por ello fuera despedido de su cargo, ni preso ni descalificado.

 
Y el CHE rebatió la supuesta necesidad de dar continuidad a la Ley del Valor, a la farsa del “socialismo de mercado”, lo cual ―aseguró― eternizaba el dominio del capital, y defendió la planificación, los estímulos morales en contraposición a los materiales (“las armas melladas del capitalismo”), dejando establecidos criterios como el de “vanguardia”, que para el CHE no equivalía al “aparato” político, ni era sinónimo de verticalismo, ni de un reducido grupo de iluminados autosuficientes y petulantes que sustituía al colectivo. Vanguardia es quien más se esfuerza, quien va adelante, quien sobresale por haber cumplido un deber social, el que entrega lo mejor de sí en beneficio de la sociedad y para ayudar a los demás.Y volvemos al artículo de la profesora BARADARAN, quien hace un buen análisis crítico del efecto económico causado por el fetichismo (“la magia”) del mercado, arribando a un diagnóstico que, a grandes rasgos, se puede compartir. No así las soluciones que propone, pues comenzando habla de “corregir” lo que califica de “grandes defectos” y “comportamientos depredadores” del capital privado, colocando la solución en las manos del capital y del mercado “públicos”, con lo cual, aun asumiendo sus buenas intenciones, declaradas en función de “la dignidad humana, las familias prósperas y las comunidades sanas”, calca la añeja política reformista y socialdemócrata que MARX definía exactamente de esta manera: “El carácter peculiar de la socialdemocracia consiste en exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y convertirla en armonía. Por mucho que difieran las medidas propuestas para alcanzar este fin, por mucho que se adornen con concepciones más o menos revolucionarias, el contenido es siempre el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por vía democrática, pero una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía.”  (Carlos MARX. “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”, Obras Escogidas de Carlos Marx y Federico Engels en tres tomos,  Editorial “Progreso”, Moscú, 1980, Tomo I, página 434).


Insistimos en cuidarnos del uso de algunas expresiones como esas de “capitalismo salvaje” (el de Inglaterra, por ejemplo, ¿es “civilizado” y por ello “mejor”?),“neoliberalismo” y otras que colocan apellidos al capitalismo, abriendo posibilidades a confusiones y defensas al modo de producción mediante recursos idiomáticos como “capitalismo popular” (hijo de la “burguesía revolucionaria”), o “capitalismo humano”, porque no se puede “corregir” un comportamiento que es inherente a la naturaleza de quien lo ejerce, ya que acumular capital, apropiarse del producto del trabajo ajeno y obtener beneficios de cualquier actividad, al mínimo costo y en el menor tiempo posible, no son errores ni defectos, sino la “normalidad” del modo de producción, eso es el capitalismo, y no tiene sentido hablar, bajo condiciones de ese modo de producción y en un Estado capitalista, de mercados “privados” y “públicos” porque ello es caer en la trampa de “la mano invisible” que se denuncia en el mismo texto, pues como claramente explicaba ENGELS:  “… El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, es el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas más fuerzas productivas asuma en propiedad, tanto más se convertirá en capitalista colectivo y tanto mayor cantidad de ciudadanos explotará. Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios. La relación capitalista, lejos de abolirse con estas medidas, se agudiza, llega al extremo, a la cúspide«. (Obras Escogidas de MARX y ENGELS en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1980, Tomo III, página 153).


El objetivo de la revolución no es la de “corregir” los errores del modo de producción, porque el socialismo revolucionario no puede ser convertido en la autocrítica del capitalismo. Su objetivo, su razón de ser, es la de abatirlo, derrocarlo y comenzar la construcción de un nuevo modo de relacionarnos, de producir, de distribuir lo producido con criterios sociales de libertad y solidaridad y no, como lo es ahora, para usufructo de clases sociales propietarias y ególatramente individualistas. 

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