Escuela de Sabidurías (3)

Por Gregorio Pérez Almeida

Asumiendo plenamente el lema de esta de Escuela: “No hay sabiduría sin diálogo”, copio aquí el comentario de Fabiola José al texto de Maribel Del Carmen Ipuana González:

Todo me llama la atención, es donde quiero indagar«.

Hay algo que me hizo ruido: en el ante penúltimo párrafo dices «En el mundo indígena wayuu se tejen muchas cosas incomprensibles para la mente humana…» y entonces pareciera que no son human@s l@s wayuu. Tal vez sea mejor ir directo a «otras culturas, sobre todo la cultura occidental».

Ahora, continuemos escuchando al pueblo wayuu, leamos a otra de sus mujeres, Maryelin Ramos.

El Pütchipü’ü como Sistema Normativo Wayuu

La sabiduría de los pueblos está determinada por el conocimiento de sus raíces, de dónde venimos, quienes somos, por nuestra conexión con el devenir histórico y social. La importancia del estudio del pensamiento indígena radica en lo expresado en sus relatos orales, donde mezclan una serie de divinidades relacionadas con la naturaleza que expresan costumbres y tradiciones que definen a nuestros pueblos y comunidades indígenas. El pensamiento mítico de nuestros hermanos y hermanas indígenas forma un conocimiento viviente, incluye una filosofía sobre la vida, centrada en el respeto y la armonía con la naturaleza.

En este sentido, es oportuno hablar y describir el Sistema Normativo Wayuu, donde para entenderlo y comprenderlo debo destacar cada uno de los elementos que lo conforman siendo el Pütchipü’ü (Palabrero) uno de los aspectos a destacar en el presente ensayo. El palabrero representa a la justicia y su primera distinción es que se trata de una justicia restituida, es decir, busca recuperar el orden, la armonía y el equilibrio, y no primitiva o centrada en el castigo. Es importante señalar que el palabrero no es un juez, ni un abogado, sino un negociador o intermediario que solo asiste cuando es requerido, pues su labor como Pütchipü’ü, tampoco es la de dictaminar sentencias, sino lograr que sean las partes en conflicto quienes determinen una justa compensación y de esa manera abran una posibilidad para la reconciliación y armonía entre las partes.

El Pütchipü’ü necesariamente tiene que ser un pensador, un buen conocedor de la lengua materna y un excelente orador. Pero además, debe ser un hombre neutral y plenamente consciente de la inevitabilidad del conflicto. Su símbolo es un bastón llamado Paliisepai, cuando el palabrero se sienta a escuchar la concertación de un pleito, a menudo traza sobre el suelo con su bastón un grupo de símbolos que representan la naturaleza del conflicto. Este personaje tiene a su disposición principalmente los componentes vitales del sistema normativo wayuu, y está a la espera de que estas partes esenciales sean las protagonistas de su labor:

En primer lugar está el derecho o la ley wayuu, llamado Anaa Akuaitpaa, animado por un principio de reparación y compensación que decide que toda ofensa e interrupción del orden social obliga a una indemnización que devuelve la armonía a la sociedad.

En segundo lugar, está la palabra misma que es el instrumento más poderoso para resolver cualquier crisis por caótica que esta parezca. Usar la palabra compromete seriamente a quien la esgrime para argumentar y pacificar, pues valerse de la palabra para solucionar un conflicto implica involucrar la totalidad de la vida cultural que se remontan a los orígenes ancestrales.

En tercer lugar, aparece la figura de la compensación simbólica. Los Pütchipü’ü afirman que todo proceso de reconciliación implica tanto el intercambio de bienes materiales valiosos como de bienes con un valor que no se puede expresar sino a través de los símbolos que integran la cultura. Aquí entran en juego también, actos como los sacrificios de animales que deben ofrecerse para que el perdón pueda consumarse; la sangre derramada por los animales representa un intercambio por la sangre humana cuyo desperdicio se evitó gracias a labor del palabrero.

Una vez que el Pütchipü’ü ha logrado valerse de estos tres elementos para llegar a un acuerdo pueden apreciarse dos importantes consecuencias del ejercicio de su autoridad: primero el Anoutaa, que puede traducirse como la total recuperación del equilibrio de la comunidad; luego, la reparación simbólica cuando se cumple la reparación económica específica que el palabrero ha determinado: se paga el tributo acordado que puede ser un número de cabezas de ganado u otra clase de bienes con valor económico. Al cumplirse esta reparación se garantiza el bienestar que haya podido interrumpirse por una ofensa y la comunidad puede regresar a la normalidad, al menos en el sentido material.

Finalmente, aparece la consecuencia más importante del trabajo del palabrero; el Anajirawaa (reconciliación o perdón definitiva). Cuando un grupo familiar compensa a otro, el sacrificio de desprenderse de algunos de sus bienes significa también un esfuerzo voluntario; tanto la familia de aquel que ha roto la armonía como la de quien ha resultado ofendido o agredido saben que este acuerdo es parte de algo más grande que ellos mismos y que el perdón es necesario no solo por sus familias sino por todos y cada uno de los clanes familiares wayuu. Una vez que se paga el tributo desde una posición de humildad y con ánimo reconciliación se puede decir que realmente ha terminado la labor del Pütchipü’ü y se ha conseguido el necesario perdón.

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