Un mito vivito y coleando (4)

Por Gregorio Pérez Almeida

Un chisme que se me pasó en la contra clase pasada es que para consuelo de las y los lectores, en estos cuentos griegos no siempre Sócrates logra sus objetivos como hizo con el esclavo de Menón, sino que algunas de sus “víctimas propiciatorias” logran evadir su sacrificio, como es el caso de Eutifrón, que huyó del sitio corriendo literalmente y dejó a Sócrates con las palabras en la boca. Claro, no es de extrañar este final del cuento, porque el personaje “interpelado” no era un esclavo sino un viejo aristócrata que no tenía que calarse a Sócrates… ¿Una gentileza de Platón, el autor del cuento, para que sus iguales atenienses no se sintieran agraviados?

Ahora sí, vamos con García Bacca.

Es un lugar común en las conversaciones académicas y políticas, comparar a Simón Rodríguez con Sócrates. Hasta llegan a igualarlos. ¿Cuántas veces hemos escuchado y leído la frase: “Simón Rodríguez es el Sócrates de América”?

¿Dónde y cuándo nació esta equivalencia y quién la formuló? Todo indica que fue el filósofo de origen español, Juan David García Bacca, que vivió muchos años en Venezuela, con su eurocentrismo y cientificismo ancestral (no podríamos esperar otra actitud), quien dio carácter “histórico” y “científico” a esa comparación en un libro publicado en Caracas, en 1978, en el sesquicentenario de la publicación del “Pródomo” para “Sociedades Americanas”. Ahí, afirma García Bacca que:

 “Simón Bolívar llamó a Simón Rodríguez «El Sócrates de Caracas» y «filósofo cosmopolita». No se extrañará, pues, el lector de que un filósofo por vocación y profesión se haya sentido aludido, conmovido y animado a estudiar la personalidad y obras del Maestro del Libertador que tales epítetos le dio».

Como ya desnudamos la verdad del mito de “Sócrates liberador”, ahora vamos sobre las fuentes que utilizó García Bacca para justificar esa mentira que nunca podrá ser verdad. Lo que hemos encontrado hasta ahora, son tres cartas de Simón Bolívar, una enviada al propio Simón Rodríguez, desde Pativilca, el 19 de enero de 1824, la más conocida, porque en ella está la frase: “¡Oh mi Maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson! Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló!”, y las otras dos, menos conocidas, que fueron enviadas a Francisco de Paula Santander, una desde Pallasca, Perú, del 8 de diciembre de 1823, en la que está la frase que cita García Bacca, y la otra desde Huamachuco, también Perú, el 6 de mayo de 1824.

Advertencia: el Consejo Directivo de la Contra Escuela de Filosofía, me dio permiso para hacer uso del incuestionable principio de la comunicación que se conoce como “prestigio de la fuente”, para que no quepan dudas del nivel académico que podría alcanzar esta experiencia escolar si así lo decidiera. La segunda carta me la envió el historiador venezolano Luis Pellicer y la tercera el también historiador y escritor compatriota Nelson Chávez, a quienes les damos encarecidamente las gracias. 

La carta en la que está la frase que cita García Bacca:

«He sabido que ha llegado de París un amigo mío, don Simón Rodríguez: si es verdad haga Vd. por él cuanto merece un sabio y un amigo mío que adoro. Es un filósofo consumado, y un patriota sin igual, es el Sócrates de Caracas, aunque en pleito con su mujer, como el otro con Jantipa, para que no le falte nada socrático. Dígale Vd. que me escriba mucho; y déle Vd. dinero de mi parte librándolo contra mi apoderado de Caracas. Si puede que me venga a ver».

Aquí hay un aspecto de importancia y que es recurrente en las tres cartas: la preocupación de Bolívar por la pelazón económica de su Maestro, lo que comprueba que históricamente los maestros siempre hemos estado lo que se dice “pelando bolas”. Es casi seguro que Simón Rodríguez se haya venido de jornalero en un barco desde Francia hasta Colombia, porque no tenía dinero para pagar el pasaje transoceánico, un lujo siempre inalcanzable para los maestros y maestras de ayer y de hoy.

Lo otro es que queda demostrado el poder del “chisme” en la construcción social del conocimiento científico y mucho más en la construcción del discurso histórico, como sostiene Paul Fayerabend. Fíjense, Bolívar tenía muchos años sin conversar personalmente con su maestro, sabía poco de su paradero, pero estaba enterado del pleito con su mujer, ¿Cómo lo supo? Rápido vuelan las palabras con el viento que en aquellos tiempos galopaba sobre cuatro patas. Y es impresionante comprobar cómo estaba ya instalado el mito en el imaginario del libertador, con pelos y señales, como si Sócrates hubiese sido tan real como su maestro de carne y huesos. Un mito haciéndose cuerpo a costilla de un ser humano: un parásito ideológico.

La otra carta es representativa del romanticismo propio de la formación de la mayoría de las y los intelectuales y políticos revolucionarios americanos del siglo 19 -sobra decir que eran casi todos eurocéntricos, pero lo digo para que no duden-. Una epístola desgarradoramente hermosa, de la que copio sólo el último párrafo:

“Él es un maestro que enseña divirtiendo, y es un amanuense que da preceptos a su dictante. Él es todo para mí. Cuando yo le conocí valía infinito. Mucho debe haber cambiado, para que yo me engañe. Gire Vd. contra mí el dinero que le dé y mándelo. Yo tengo necesidad de satisfacer estas pasiones viriles, ya que las ilusiones de mi juventud se han apagado. En lugar de una amante, quiero tener a mi lado un filósofo; pues, en el día, yo prefiero a Sócrates a la hermosa Aspasia”.

En este párrafo encontramos los aspectos centrales de nuestra reflexión. En primer lugar, Bolívar exalta a Simón Rodríguez como maestro divertido y lo compara con un “amanuense” que da preceptos a quien le dicta… ¿Habrá mayor expresión del diálogo pedagógico? Además es la negación del filósofo(a) que conocemos en nuestras academias porque en vez de atormentar a sus discípulos con tareas abstractas, la da la serenidad espiritual que un guerrero como él anhela en su precoz y agotadora adultez… ¡Con apenas 41 años!…, más allá de los placeres que produce la compañía femenina que tanto lo desveló. Y es válido preguntarnos, ¿Dónde estaría Manuela Sáenz?

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