¿Heil, maestro del pensamiento universal? (1)

Por Gregorio Pérez Ameida

“Para determinar quién está sano y quién está enfermo, un pueblo y una época se dotan de leyes en función de su grandeza interior y de lo extendido de su existencia. El pueblo alemán está ahora encontrando su propia esencia y convirtiéndose en digno de su gran destino. Adolf Hitler, nuestro gran Führer y canciller, ha creado a través de la revolución nacionalsocialista un nuevo Estado que permitirá al pueblo garantizar una duración y una constante en la historia. Para cualquier pueblo, la primera garantía de su autenticidad y de su grandeza está en su sangre, en su suelo y en su crecimiento corporal. Si pierde estos bienes o simplemente les deja debilitarse, todo esfuerzo de política estatal, todo saber-hacer económico y técnico, toda acción espiritual serán nulos y carecerán de valor”

Martín Heidegger, Discurso en el Instituto de Anatomía patológica de Friburgo, agosto, 1933.

Si hubiese leído este discurso como “introducción a Heidegger”, no me habría calado su oscuro e inútil libro “Ser y tiempo”, que me hicieron leer como la “obra cumbre del pensador que revolucionó la filosofía del siglo 20”. Lo hubiese dejado en el estante de la biblioteca, pero la indolencia de mis profesores(as) de filosofía fue tan impúdica que obviaron este y otros textos de Heidegger como si se tratara de un tema “secundario” e “intrascendente” en la gran obra filosófica del “pastor del ser”.

A partir de este descubrimiento, acompañado de otras lecturas reveladoras del nazismo de Heidegger, decidí apodarlo cariñosamente “Heil”, no sólo porque termina todas sus correspondencias como rector de la Universidad de Freiburgo, entre 1933 y 1934, con *¡Heil Hitler!, sino porque él lo hubiese tomado como una deferencia de mi parte. Sus defensores dicen que fue un momento de locura, un desvarío pasajero, pero en la correspondencia entre Heil y su hermano Fritz Heidegger, hay una carta que confirma su adhesión al nazismo desde 1931:

“Espero que vayan a leer el libro de Hitler; los primeros pocos capítulos autobiográficos son débiles. Este hombre tiene un instinto político seguro y remarcable, y lo tuvo incluso cuando el resto de nosotros estábamos aún en la niebla, no hay manera de negarlo. El movimiento Nacional Socialista pronto ganará una fuerza completamente diferente. No se trata de la mera política partidista —se trata de la redención o caída de Europa y la civilización occidental. Cualquiera que no lo entienda merece ser aplastado por el caos”.

Muy en la línea de pensamiento de Heil, el  Reglamento de los Médicos, de 1935, establecía que: Es la obligación de la profesión médica, como grupo, cuidar y asegurar la salud de la nación, su salud hereditaria y la pureza de la raza”. Y en consecuencia, como demuestra el Dr. Francisco López Muñoz, los que «no entendían”  a Hitler morían no aplastados sino torturados y asesinados bajo “estrictos métodos científicos” del nuevo Estado alemán que buscaba “garantizar una duración y una constante en la historia” de su pueblo:

“…la más preocupante de la conexión entre la comunidad médica y la tragedia nazi fue el empleo forzado de seres humanos, enfermos o no, como material de investigación y de laboratorio, no sólo en los nefastos campos de exterminio, sino también en los propios hospitales y universidades. Aunque estos reprobables experimentos humanos realizados por los nazis fueron prácticas mucho más habituales en otros ámbitos de la medicina y mejor documentados y conocidos actualmente como experimentos de congelación, inoculación de bacilos de la tuberculosis, amputación de miembros, esterilizaciones quirúrgicas sin anestesia, etc., también tuvieron lugar en el campo específico de la farmacología, en los que se ha podido demostrar la implicación directa de ciertas compañías farmacéuticas…”

Recordemos que estos “experimentos científicos” se hicieron apoyados con la tecnología IBM y sus tarjetas perforadas y cuesta aceptar que Heil como rector del Tercer Reich no haya conocido dicha tecnología y no se enteró de lo que estaba ocurriendo en su tiempo con el “ser ahí” de tantos seres humanos.

Pasó el tiempo, pero Heil no dejó de ser nazi, pagó su cuota al partido hasta 1945 y nunca condenó el holocausto ni aclaró el por qué de su actitud. Después de su rehabilitación como profesor, en 1951, promovida entre otros por los heideggerianos antisemitas franceses, se reincorporó y dictó su primer curso que se publicó como libro en 1954, con el título ¿Qué significa pensar?, que muchos profesores de filosofía leen sin vinculación con el pasado nefasto del autor, como si un nazi pudiera servir de referencia para algo que no sea la negación de la humanidad.

En la entrevista a la revista alemana Der Spiegel, en 1966, Heil evade todo compromiso y, disfrazado de inocente ovejita, se defiende de las acusaciones diciendo que o son producto de “mala voluntad contra él o de una errada interpretación de los hechos”. Pero, entre sus respuestas se le salió una idea que revela algo del motivo de su adhesión al nazismo:

«Veo la situación del hombre en el mundo de la técnica planetaria no como un destino inextricable e inevitable, sino que, precisamente, veo la tarea del pensar en cooperar, dentro de sus límites, a que el hombre logre una relación satisfactoria con la esencia de la técnica; el nacionalsocialismo iba sin duda en esa dirección, pero esa gente era demasiado inexperta en el pensamiento como para lograr una relación realmente explícita con lo que hoy acontece».

Heil se creía más nazi que los nazis y conocía cuál era la misión histórica del nacionalsocialismo, pero fracasó porque Hitler y su manada de asesinos en serie no sabían pensar como él sabía y lo supo hacer hasta el último de sus días. Y todavía hay quienes lo leen como uno de los “maestros del pensamiento filosófico universal”, hay que ser bien…

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