Hablando de la hegemonía estadounidense (2)

Por Gregorio Pérez Almeida

El “mundo nuevo” liderado por Estados Unidos, que alabó la Sra. Roosevelt, nació para: “practicar la tolerancia y convivir en paz como buenos vecinos, unir nuestras fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales y asegurar que no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés común” (Carta de las Naciones Unidas), pero su parto fue el exterminio de dos ciudades pobladas por civiles indefensos y ha continuado matando en su crecimiento hasta su senilidad actual.

Manilo Dinucci, estima entre 20 y 30 millones la cantidad de personas que han muerto ‎en la “ininterrumpida serie de guerras, golpes de Estado y otras operaciones subversivas que ‎Estados Unidos ha realizado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial,1945, hasta 2018”, a los que deben sumarse “las víctimas indirectas de ‎las guerras: hambrunas, epidemias, migraciones forzosas, esclavismo y explotación, daños al ‎medioambiente, sustracción de recursos a las necesidades vitales de las poblaciones para ‎dedicarlos a cubrir los gastos militares” (voltairenet.org)

En este orden internacional cautivo y abiertamente violento que, esté quién esté en la ‎Casa Blanca, Estados Unidos impone, aparecen los derechos humanos (dh) como la única posibilidad de detener la barbarie. Una utopía que promete respeto a la vida, paz, trabajo remunerado, acceso a los bienes materiales y espirituales, solidaridad, dignidad, amor al prójimo, formación concientizadora, etc., por lo que sus defensores(as) deben parecerse al Mahatma Gandhi. Inclusive se habla de una “pedagogía de la ternura” como ejercicio ideal de los derechos humanos en la escuela.

En pocos términos, la lucha de la humanidad es “Derechos Humanos vs. Barbarie”. Así lo asumen las y los defensores de dh del sur global y las instituciones multilaterales del norte global, pero, como muestra Dinucci y la realidad geoeconómica mundial (20% ricos, 80% pobres, siendo moderados), la brecha entre el discurso y la realidad es cada día más grande, sobre todo en los derechos económicos, sociales y culturales y esto hace que la lucha recrudezca y se sumen a ella cada vez más activistas e instituciones en un intento desesperado y riesgoso para reducir la brecha y salvar a la humanidad de la barbarie.

Y esa es la coartada: el trecho entre el dicho y el hecho es el fundamento y la razón de ser de los derechos humanos y sin ella no harían falta. Esa brecha jamás se reducirá en el sistema capitalista y las luchas por cerrarla son como la rueda giratoria de los Hámster: corre y corre hacia adelante y siempre está en el mismo sitio. ¿Cómo llegamos a esta situación?

Estados Unidos se consolida como país hegemónico luego de 1945, con un complejo industrial militar gigantesco, fortalecido con las armas nucleares, con todas sus fábricas de bienes de consumo intactas y con una enorme cantidad de capital acumulado mediante la venta de armas tanto a los alemanes, como a los soviéticos. Pero le tocó un mundo externo encendido por revoluciones socialistas y anticolonialistas, el triunfo del comunismo en China y la consolidación del comunismo en la URSS como su enemigo mortal y en lo interno, un fuerte movimiento obrero influenciado por las ideas comunistas.

Ante estos retos, a diferencia de sus antecesores hegemónicos, resolvió realizar reformas eficaces, a lo interno, con el Estado de bienestar keinesiano, para doblar la rodilla a la clase trabajadora con políticas sociales que paliaban la explotación y promovían el consumo, junto al exterminio de los líderes y sindicatos comunistas. Y a lo externo con reformas en las instituciones económicas creando el FMI, el BM, el embrión de la OMC, e impuso el dólar como moneda común del comercio internacional, a la vez que erigía instituciones políticas globales como la ONU y regionales como la OTAN, la OEA, el TIAR, etc., y un enjambre de organismos multilaterales.  Un espectro de dominación total. Un Hegemón con cara de ángel y cuerpo de diablo.

Las élites gringas sabían muy bien que la hegemonía no era sólo dominación, que necesitaban ejercer el liderazgo y para lograrlo tenían que “presentarse a sí mismas y ser percibidas” como portadoras de un interés general que atrajera y convenciera a sus socios y subordinados de querer ser como ellos y, adivinen cómo lo hicieron: creando la ideología del desarrollo como la vía para que los países alcanzaran el mayor grado de bienestar social, del que eran el modelo ideal, y la ideología de los derechos humanos, como valores universales inherentes e inalienables de los individuos que debían garantizar los Estados nacionales, único remedio para evitar repetir las calamidades de la guerra (¡Que lo sabían muy bien!)… y nos las clavaron.

¿Cómo hicieron para posicionar los derechos humanos como la “última utopía” que desplazó a las utopías anticapitalistas vigentes en el mundo moderno después de la Revolución soviética en 1917? No se pierdan la próxima contra clase.

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