Geopolítica de las pandemias (Parte II) – Manejando la Pandemia

Por Omar Hassaan

Sin duda alguna, no es culpa del Señor Trump que la pandemia haya ocurrido. Alternativamente, la total falta de preparación de Estados Unidos para enfrentar esta pandemia, si es culpa del señalado jefe de Estado. La pérdida de una gran cantidad de respiradores almacenados a raíz de que la administración del Señor Trump dejó que los contratos de mantenimiento se expiren en el 2018, y que nunca fueron renovados, es culpa del Señor Magnate. La falla de almacenar suficientes equipos médicos en las reservas nacionales – con la excusa de “ahorrar” – es responsabilidad directa del Señor Trump. Los cincuenta estados de la unión estadounidense están compitiendo entre ellos mismos por los equipos y los suministros, pagando en ciertas ocasiones hasta triple de su valor original, a raíz de la escasez y la falta completa y absoluta de preparación para esta eventualidad, es, de nuevo, culpa del Señor inquilino de la Casa Blanca.

El Señor Trump, al inicio de la llegada de la infección a Estados Unidos, pasó diez semanas insistiendo en que el COVID-19 es una gripe inofensiva que milagrosamente desaparecería por sí sola. Tomando la palabra de sus jefes, los gobernadores republicanos decidieron no actuar con celeridad y con la prudencia que dicta la situación, después de la llegada de la infección, como por ejemplo permitir el funcionamiento de las playas de la Florida y de la Costa del Golfo hasta finales de marzo, cuando la infección ya se había expandido por todos esos territorios. Definitivamente, la maquinaria política y publicitaria pro-Trump ha hecho todo lo posible para coincidir con su jefe, ratificar sus dementes propuestas, y mantener la línea partidista.

Todo lo que contradice con estas líneas y pautas señaladas por el Magnate, fueron atacadas vilmente por sus seguidores, identificándolas como conspiraciones de los demócratas y los enemigos del Presidente. Los anfitriones de Fox News y las emisoras de radio conservadoras actuaron con una lealtad admirable, y una responsabilidad social deplorable, al mantener la línea del Presidente, las cuales cambian cada cuantos días, o cuando la situación empeora (casi siempre). La falsa esperanza de curas instantáneas y vacunas inexistentes también es culpa del Señor Trump, porque ofreció promesas falsas para cubrir sus inmensas fallas.

Existen muchos otros elementos, el asunto no es de una o dos razones aisladas. El despido de un capitán de la Marina por hablar sinceramente sobre la amenaza del virus para su tripulación; la gran cantidad de empleos claves del gobierno federal – muchos de los cuales se hubieran encargado de la pandemia – estaban o vacantes, u ocupados por mediocres, a raíz de la poca importancia que le otorga el Señor Trump a esos asuntos (¿Quién se hubiera imaginado que una pandemia nos atacaría en el ultimo año de la primera (y esperamos que sea la ultima) presidencia del Señor Trump?); El nombramiento del yerno arrogante e incompetente del Señor Trump como jefe de la cadena nacional de suministros médicos. En realidad, la lista es bien larga.

El coronavirus surgió en la región de Wuhan en la China, a finales de diciembre de 2019. La administración del Señor Trump recibió su primera notificación formal del brote el 3 de enero de 2020. El primer caso confirmado en Estados Unidos fue diagnosticado a mediados de enero. Los mercados financieros en Estados Unidos sufrieron el primero de una secuencia de “bajas” el 24 de febrero. La primera persona que murió del COVID-19 en Estados Unidos fue el 29 de febrero. Para el 20 de marzo, solo la ciudad de Nueva York había confirmado 5.600 casos. Solo el 21 de marzo, el día en que el Departamento de Salud estadounidense puso su primera solicitud de gran escala para las máscaras tipo “N95”, fue que la Casa Blanca comenzó a organizar una cadena de suministro nacional para enfrentar la amenaza en serio.

«Lo que han hecho en los últimos 13 días ha sido realmente extraordinario», dijo el yerno del Señor Trump, Jared Kushner, el 3 de abril, reconociendo así, de manera implícita, las semanas perdidas entre el 3 de enero y el 21 de marzo. Esas semanas perdidas colocaron a Estados Unidos en el camino hacia el peor brote del coronavirus en el mundo, superando la situación que sufrió el primer país que enfrentó la enfermedad: la China.

Estados Unidos, protegido por dos océanos (los generales “Atlántico” y “Pacífico” que habíamos señalado en la primera parte) del epicentro del brote en Asia; con una tecnología médica bastante avanzada; dotado de agencias y personal dedicado a responder justo a este tipo de pandemias, debería sufrir mucho menos que cualquier otra nación del mundo, por el COVID-19. En vez, ahora es el foco del brote más catastrófico de la enfermedad en el mundo entero.

La principal prioridad del presidente hasta febrero de 2020 fue pasarle factura a quienes participaron en el juicio político contra él en el congreso. El Señor Trump, mientras la enfermedad se expandía por el territorio nacional, se dedicó a castigar a todos los que pudo castigar por el fallido proceso de impeachment de los demócratas. Mientras el Presidente “cortaba cabezas”, sus seguidores, como el famoso comentarista conservador Rush Limbaugh, señaló lo siguiente en su programa de radio: «parece que el coronavirus está siendo utilizado como una arma para tumbar a Donald Trump…Ahora, quiero decirles la verdad sobre el coronavirus. El coronavirus es el resfriado común, amigos”.

Irónicamente, ciertas medidas claves no se aplicaron, aun cuando no era muy tarde para implementarlas. Para el 28 de febrero, aún no era demasiado tarde para organizar una distribución ordenada de los suministros médicos entre Estados de la Unión, ni tampoco era demasiado tarde para coordinar con los aliados de Estados Unidos (particularmente la Unión Europea), ni tampoco era tarde para cerrar las playas de la Florida antes de las vacaciones de primavera, o traer pasajeros de las líneas de cruceros.

Aún para esa fecha, no era demasiado tarde para garantizar que las oficinas estatales de seguros de desempleo tengan suficiente personal administrativo y estén listas para una sobre carga de trabajo, y tampoco era demasiado tarde para que los gobiernos locales coloquen recursos financieros en los “bancos de comida” (distribución de alimentos para los pobres y los sin-techos en Estados Unidos). No era demasiado tarde para comenzar el distanciamiento social de manera rápida y organizada. Las órdenes de quedarse en casa podrían haberse puesto en vigencia el 1 de marzo, y no a finales de marzo o principios de abril, y debería haberse aplicado a todos los Estados, y no solamente a los Estados con gobernadores demócratas.

Parte de la tragedia estadounidense se debe al rechazo – por parte del Señor Trump – de aceptar las recomendaciones y conclusiones científicas, y menos si estas contradicen algo que él ya había balbuceado incoherentemente en una ocasión u otra. Por ejemplo, una oficina de preparación para pandemias que formó parte del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense, fue disuelta en el año 2018. El 28 de enero de 2020, la Doctora Luciana Borio, quien era parte de ese equipo, instó al gobierno a «actuar ahora para prevenir una epidemia estadounidense», y específicamente a trabajar con el sector privado para desarrollar pruebas de diagnóstico rápidas y fáciles. Fue ignorada, naturalmente.

La situación en Estados Unidos por la pandemia, el número de infectados y muertos, y el impacto de esto sobre la economía ha sido devastador. Los medios de comunicación, como siempre, no reflejan la realidad sino lo que ayuda a mejorar la posición de quienes comparten sus ideologías y posiciones políticas. Entonces no podemos apreciar la magnitud del desastre, pues si fuera Irán, la China, Rusia o Venezuela, ya estaríamos escuchando de una calamidad sin precedentes en la historia humana. Empero si el caso es el de Estados Unidos, siempre se otorga la mejor interpretación posible, o se inventa una completamente imaginara, si es necesario.

En adición a todo lo que acabamos de señalar y las estadísticas de muertos, infectados y entierros en fosas comunes, la polarización en Estados Unidos ha llegado a nuevos niveles, ya que los “partidarios” del Señor Trump consideran que el “lockdown” (la cuarentena) son estrategias de los demócratas para destruir la economía gringa y reprimir los republicanos, y con eso acabar con el futuro político del Señor Trump. Adicionalmente, los expertos, los epidemiólogos y los otros científicos no logran opinar porque si sus conclusiones no son idénticas a lo que declara el Presidente – o si señalan las inmensas fallas del gobierno federal para responder a la pandemia – pues son automáticamente calificados de mentirosos que buscan destruir al Señor Trump.

Regresando a la Guerra Fría EE.UU./China

Mientras el desastre sigue en Estados Unidos y el Señor Trump y sus seguidores mantienen la postura contradictoria de “acabar” con el COVID-19 y a la vez con la nefasta cuarentena inventada por los demócratas y la Organización Mundial de la Salud – el “brazo” conspiratorio del gobierno chino, de acuerdo a los gringos pro-Trump – la guerra fría entre la administración del Señor Magnate y el gigante asiático se intensifica. A comienzos del 2020, el Señor Trump elogió los esfuerzos del Presidente chino Xi para contener lo que para entonces era la epidemia del COVID-19. Eso fue durante los meses de enero y febrero de 2020. Ahora, el Sars-coV-2 es – de acuerdo con el mismo Señor quien elogió a los chinos – una creación de un laboratorio en Wuhan, y los chinos lo idearon como un arma para la destrucción de “America”. A raíz de esta nueva visión, pues “China has to pay” (la China tiene que pagar).

La polarización social y sociopolítica en Estados Unidos aún sigue ayudando al Señor Trump. El odio visceral que poseen los seguidores del Señor Trump a todo lo que ellos identifiquen como “demócrata” o “liberal” es de tal magnitud, que ya dejaron de percibir la crítica al jefe de Estado como una práctica cotidiana en ese país, y ahora se observa a través de la óptica de “remover el Presidente” y dar un golpe de Estado.

Alternativamente, los demócratas, quienes poseen muchos dentro de sus filas con el mismo odio exacerbado y visceral, pierden apoyo en vez de adquirirlo por la manera en la cual atacan a los neutros y los seguidores “light” del Señor Trump. Con una actitud tan demagógica como la del propio Señor Trump, muchos demócratas articulan sus argumentos políticos con una carga excesiva de emociones negativas, producto de una inmensa polarización emotiva, la cual se enfoca en la persona misma del presidente, ya que en realidad no es un polarización ideológica (a pesar de que ellos creen que lo es, y que ellos son la “izquierda” en ese país).

¿Cómo ayuda todo esto al Señor Trump? Pues esto ofrece una protección contra la erosión de su base electoral. Regresando al tema emotivo en la política, la situación política-electoral en Estados Unidos dejó de ser una competencia ceremonial entre dos candidatos que por lo general se le evidencian pocas diferencias al asumir la administración pública (¿qué tan diferente fue la presidencia de Clinton de la de Bush hijo, por ejemplo?), y pasó a ser un asunto altamente cargado de emociones (mucho más que antes, para quienes dicen que siempre fue emotivo), en el cual los “demócratas” y los “izquierdistas” (nada más triste que llamar a la derecha liberal “izquierdistas”) – sin precisar nombres, ya que estos no poseen verdaderos líderes – contra la figura individual y altamente personal del Señor Trump. Entonces, a pesar de todo lo que pudiera hacer o decir el Señor Magnate, sus seguidores o quienes odian a los demócratas no lo abandonaran, pues no se trata de que él sea un presidente o un candidato adecuado, sino que él es quien derrocará a los profundamente odiados demócratas e “izquierdistas”.

De acuerdo con muchos analistas gringos, fueron dos los elementos que le otorgaron la victoria electoral al Señor Trump en el 2016: el culto a la personalidad, y su supuesto mensaje nacionalista. Hasta los momentos, no hay indicaciones de que sus seguidores principales lo abandonarán en el futuro cercano. Pero los “die-hard fans” del Señor Trump no serán suficientes para ganar la reelección, en medio de una crisis histórica que muchos (aunque aún no son una mayoría clara, irónicamente) en el país sienten que es su responsabilidad. Trump necesita llegarle a un grupo considerable del electorado que pudiera estar dispuesto a votar por él, con algún argumento que estos votantes puedan encontrar persuasivo.

A medida que sus índices de aprobación caen en la actualidad, Trump esta recuperando su contundente argumento económico-nacionalista que lo ayudó a llegar a la Casa Blanca en el 2016. Es menester recordar que para esta gente, el “nacionalismo” es una noción altamente negativa: no se trata de amar lo propio, sino odiar al “Otro”, cualquiera que sea este, y más aun si alguien en autoridad identifica o señala a ese “Otro”. Entonces, si se trata de valorar lo estadounidense – particularmente el bien estar de la sociedad – eso no posee sentimiento nacional alguno, pero si se trata de odiar, pues el nacionalismo siempre es bien fuerte e intenso.

Ahora el Señor Trump dice que consideraría una acción punitiva contra la China, donde supuestamente se originó el virus, después de pasar gran parte de enero y febrero elogiando al presidente chino, como acabamos de señalar. La idea del Señor Trump es apelar a quienes no son de su base electoral sólida, pero que pueden admirar sus posturas ultra agresivas contra la China, evocando en primer lugar un “castigo” al gigante asiático por el COVID-19. En realidad, estarían castigando al gigante asiático por constituirse en el primer verdadero rival geoeconómico de los gringos, desde la Segunda Guerra Mundial (título que países como el Japón y Alemania nunca realmente lograron adquirir).

La China es odiada por grandes sectores de la sociedad estadounidense, es un odio que cruza las barreras partidistas y las clases sociales. Aunque el odio contra cualquier grupo humano nunca ha sido o será justificable, el temor gringo del gigante asiático sí posee una motivación bastante válida. La China ha sostenido cada golpe que le han dado los gringos, y aún sigue luchando, y ahora al liberarse (por los momentos) del COVID-19 y ofrecer un liderazgo mundial que los gringos nunca ofrecieron contra la pandemia, pues con más razón los gringos se sienten amenazados.

No tanto porque el país asiático amenaza la seguridad y tranquilidad de los estadounidenses (como ellos efectivamente amenazan la de tantos otros pueblos, como el de Venezuela, por ejemplo), sino que amenazan algo mucho más valioso para ellos: su hegemonía mundial. Por esa razón, el odio a la China que poseen varios sectores de la sociedad norteamericana, es hábilmente utilizado por el Señor Trump con fines netamente electorales. Para ponerlo de manera simplificada: agresiones (verbales o de otra categoría) contra la China = votos para el Señor Trump.

Muchos expertos gringos advierten que culpar a la China de todo lo malo – desde el COVID-19 y hasta la situación económica interna de Estados Unidos – con la finalidad de cosechar una recompensa política a corto plazo, es una táctica de política exterior bastante peligrosa y miope. Por útil que pueda ser para la campaña del Señor Trump, esta táctica corre el riesgo de exacerbar la ya problemática relación entre Estados Unidos y la segunda economía mundial. Un análisis de la firma consultora Eurasia Group señala que el Señor Trump enfrenta «una fuerte tentación de castigar a la China, mientras desvía la culpa de un aumento en el número de muertos y el daño económico de la pandemia del coronavirus, y aprovecha el creciente sentimiento anti-China en Estados Unidos».

La relación entre Estados Unidos y China está en su punto más bajo en décadas y se dirige hacia abajo. A medida de que los estadounidenses sigan cayendo a raíz del COVID-19 (y sus propias imprudencias), el argumento nacionalista puede ser el más viable que le quede al actual inquilino de la Casa Blanca, para obtener la relección. Es posible que ya existan demasiados muertos y se hayan perdido demasiados trabajos para que Trump logre efectivamente alegar que logró revertir ambas tendencias antes de noviembre de 2020. Y por eso necesita desviar la atención hacía afuera, hacia el odio al Otro, y hacia una victoria en la política exterior. Por los momentos, la China es la primera candidata para este desvío de atención. Pero, ¿será la mejor opción? ¿Será la más práctica para Estado Unidos y el Señor Trump, dada las circunstancias domesticas e internacionales?

Los Vaivenes del Señor Trump

Al Señor Trump le ha ido bastante bien, hasta el mes de febrero de este año. Todo empezó muy favorablemente con el desastre de impeachment que le montaron los demócratas, y sus resultados que solamente fortalecieron al Señor. Es verdad, el Señor Trump actuó como si fuera que él está por encima de la ley, pero una gran parte de la población gringa lo observó como los demócratas tratando de “morder” al Presidente, y salieron como perro herido, con la cola entre las piernas. 

La Señora Nancy Pelosi y las otras figuras centrales del Partido Demócrata estadounidense juraban que lograrían derrocar el Presidente estadounidense con un proceso de impeachment en ambas cámaras del congreso. Al final del asunto, no lo lograron, ¡que gran “sorpresa”! Solo lograron demostrar el nivel de control interno y disciplina del partido republicano en torno a su líder (el “outsider” que ellos ahora obedecen sumisamente). Los elementos de impeachment eran válidos, sin duda alguna, pues se dejó claro que la solicitud que realizó el Señor Trump al gobierno de Ucrania a cambio de soltar los recursos para ese país europeo que no era uno de interés estratégico para el Estado norteamericano, sino de interés netamente partidista y personal.

Pero la Señora Pelosi, aparentemente, se le olvidó que esto no es un verdadero juicio, sino un debate político/partidista que pretende ser un “juicio”, por lo cual no depende del “crimen” o de los “hechos”, sino de la distribución de los partidos en el Congreso, el grado de disciplina interna de cada partido, y la relación del partido gobernante con su Presidente, y nada más. En el caso del Señor Richard Nixon, el partido Republicano ya estaba cansado de Watergate y de Vietnam, y lo sacrificaron. Nada que ver con el “crimen” mismo de colocar micrófonos para espiar las conversaciones de los demócratas. En el caso del Señor William Jefferson Clinton, el partido demócrata decidió salvar a su presidente, a raíz de su popularidad y la irrelevancia del crimen. En el caso del Señor Trump, la mayoría de los senadores republicanos le tienen terror al mismo, y harán lo que diga el Magnate Presidente.

Las primarias de los demócratas fue otra victoria para el Señor Trump. Estas últimas le salieron muy bien al Señor Trump, ya que las mismas revelaron no solamente el caos y el desorden del partido Demócrata, sino una segunda imposición del candidato del establishment y la marginalización del candidato “problemático” (Bernard Sanders). La primera vez fue con la Señora Clinton (2016), y ahora una vez más la derecha liberal hace trampas para exterminar a Sanders y asegurar la candidatura del “cuerpo casi difunto” del Señor Biden.

Para entonces (el 2016), Wikileakes expuso cómo el partido demócrata marginalizó al Señor Sanders (candidato “problemático”), a favor de la Señora Clinton (candidata “establishment”) y los demócratas buscaron desviar la atención con su famosa “conspiración rusa”. Es interesante recordar que aún si fuera una “conspiración rusa”, los hackers solo revelaron documentos reales y verdaderos del propio partido actuando contra Sanders y sus seguidores, y las acciones de estas cúpulas partidistas nunca fueron abordadas, sino solo se habla de la “injerencia” rusa. En muchas ocasiones es prácticamente imposible distinguir entre el partido Demócrata y el partido Republicano.

Enero y febrero fueron excelentes meses para el Señor Trump también a raíz del lujo que se dio en exterminar a todos los “traidores” que ayudaron con el “impeachment” catastrófico de los demócratas. Durante ese tiempo el Señor Trump demostró otras grandes “cualidades” de su tierno y noble ser: vengativo, rencoroso y mezquino.

Adicionalmente, fueron los meses en los cuales el mundo entero observaba el “irreversible” hundimiento de la China, no solamente como potencia, sino como país, o por lo menos eso se deseaba (recuérdense de la sensación de schadenfreude que habíamos señalado en la primera parte de este documento). Aquí se veía como la China, grosera y atrevida rival de Estados Unidos, se hundía por si misma, sin que el Señor Trump tenga que hacer mucho más. Era como una victoria enviada por el cielo, la providencia o lo que sea.

Pero, el jubileo del Señor Trump y sus seguidores no se extendió. No nos cansamos aquí en este documento de señalar una y otra vez al Señor Sars-coV-2 y la enfermedad que ese causa, el COVID-19, como importantes actores internacionales. En el sentido positivo, la China empezó a renacer lentamente, surgiendo como un dragón de las cenizas que muchos creían que era todo lo que quedaba del gigante asiático. Esto remplazó la sonrisa del Señor Trump por su tradicional cara de rabia y soberbia.

En el sentido negativo, el Señor Sars-coV-2 atacó ferozmente a la población gringa, logrando más daño que en otros países, a raíz de los siguientes factores, los cuales enumeramos y sistematizamos en base a la información expuesta en las secciones anteriores:

•             La lentitud de la Casa Blanca en su “respuesta” al COVID-19: No ayudaron para nada comentarios del Señor Trump como comparar el COVID-19 a un resfriado común – a pesar de ver detalladamente lo que estaba sucediendo en la China – ni que el virus desaparecería con el calor como obra de magia. Se rechazó aplicar y mantener las medidas de distanciamiento social, y en vez estas se utilizaron para las luchas partidistas;

•             Los equipos de prueba para el COVID-19 en Estados Unidos estaban defectuosos, otro asunto que causó tantos retrasos que permitieron la expansión incontrolable del Sars-coV-2. Los equipos de prueba fueron construidos por el Centro para el Control de Enfermedades del gobierno federal gringo, entonces no pudieron colocar la culpa sobre los chinos, o cualquier otra nación, como es típico de los gringos;

•             El sistema de salud gringo es el prototipo de un sistema neoliberal de la comercialización de la salud, asunto que ya habíamos abordado en la primera parte del documento actual. Sin cobertura médica, quienes se infectan quedan fueran del monitoreo del Estado, y siguen infectando a otros, incontrolablemente. Sin infraestructura adecuada, el abundante flujo de enfermos hace colapsar el sistema sanitario: En el sector privado, porque no está diseñado para atención masiva, ya que es en base a quienes poseen recursos; en el sector público (lo que queda de este), porque está tan golpeado a raíz de las constantes reducciones de presupuestos y abandono por parte de los gobiernos federales y estadales, que son abrumados con solo pocos pacientes y en circunstancias normales, imagínense en condiciones de pandemias.

•             La atomización de los cincuenta estados de la unión gringa, y el vacío de poder que dejó la inacción política de la Casa Blanca, lo que obligó a los gobernadores “demócratas” y “republicanos” de los cincuenta Estados a luchar entre ellos mismos y con el propio gobierno federal, y no solamente por las necesidades de enfrentar la pandemia, sino también por el enfrentamiento demócrata/republicano. La atomización en el tema de la salud en Estados Unidos implica que cada Estado de la Unión tiene sus propios sistema de salud, y sin coordinación central, las medidas de un Estado a otro pudieran ser contra-productivas o, peor aún, exacerban la expansión de la enfermedad.

Para la segunda semana del mes de mayo de 2020, existen en el mundo 3.913.644 casos de COVID-19, un total de 270.426 muertos (5.589 nuevas muertes). Estados Unidos posee  1.292.623 de casos de COVID-19, un total de 76.928 muertos de (1.671 nuevas muertes). Esto significa que solamente en Estados Unidos existen un tercio (33%) de los contagios a nivel mundial, y 29% de los fallecidos por el COVID-19. Los fanáticos más irracionales del Señor Trump – los que se tomaron desinfectantes para “curarse” del COVID-19, como lo indicó el propio “Doctor”  Trump – son los únicos que realmente creen que el gobierno federal (o, alternativamente, el propio Señor Trump) está libre de pecado en relación con esta realidad.

Estados Unidos se coloca en la cima del mundo, adonde siempre ha querido estar, liderando el mundo en contagios y muertes por el COVID-19. Se puede tapar el sol con un dedo, y alegar que el Señor Trump no tiene nada que ver con eso, pero pocos tienen esta asombrosa capacidad. El resto de la población, puede ver los asuntos de manera más clara. Una noticia del New York Times del 10 de mayo, redactada por Mathew Rosenberg y Jim Rutenberg, titulada “La Lucha sobre el Número de Muertos Abre un Frente en la Batalla Electoral”, señala lo siguiente:

Desde el comienzo de la crisis, elementos de la derecha (con esto se refieren a la derecha conservadora, para distinguirla de la derecha liberal, la cual se identifica como “izquierda” en Norteamérica) han tratado de reforzar la posición política del presidente y justificar la reapertura de la economía, a través del cuestionamiento del número de fallecidos (por el COVID-19). Los escépticos del cambio climático han empleado técnicas perfeccionadas en sus luchas contra el calentamiento global para generar dudas sobre la letalidad del virus. Otros, incluidos los aliados de los medios de comunicación de Trump, así como algunos en el movimiento anti-vacunas (este es un movimiento en Estados Unidos que lucha contra las vacunas), han reutilizado teorías marginales sobre burócratas del llamado «Deep State” (el Estado Profundo) que socavan al presidente para argumentar que no se debe confiar en los números oficiales.

Estos actores han encontrado una audiencia receptiva y un refuerzo de sus ideas en el propio Trump. Para el presidente, el número de muertos se ha convertido en un indicador político fundamental, tan importante para sus perspectivas de relección como sus índices de aprobación y su posición contra el ex vicepresidente Joe Biden, en las encuestas estatales.

A fines del mes pasado, con un número de muertos en los Estados Unidos cercano a 75,000, según las cifras compiladas por The New York Times, las proyecciones previeron otro aumento en los casos y muertes de COVID-19 a medida que las reglas de distanciamiento social se relajen. Un borrador del informe del gobierno proyectaba hasta 3.000 muertes por día para fines de mayo. Sin embargo, según los funcionarios de la administración, Trump ha comenzado a cuestionar en privado los modelos y las estadísticas oficiales de muerte.

Su escepticismo es compartido por otros en una administración que regularmente ha ignorado los consejos de los científicos. El martes, el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca lanzó un modelo que mostraba que las muertes caerían a cero a mediados de mayo. La proyección…parecía ignorar las convenciones utilizadas por los epidemiólogos y fue rechazada rotundamente por los expertos. Pero sí proporcionó un contrapunto útil para quienes sostienen que es demasiado pronto para reabrir la economía.

Otra desgracia que le cayó encima al Señor Trump es la del colapso del mercado energético. Este tema ya lo habíamos evaluado en la primera parte de este documento, y desde entonces el acuerdo del OPEP + que incluyó en ultimo momento a México, no ha logrado estabilizar los mercados energéticos. El dilema para el Señor Trump es que efectivamente la “guerra” de precios entre Arabia Saudita y Rusia y la paralización de las industrias del transporte a nivel mundial, están acabando paulatinamente con la industria del esquisto en Estados Unidos, particularmente las empresas que han recibido miles de millones de dólares en préstamos, solo para mantener esta industria “flotando”.

A lo largo de los meses del verano en el hemisferio norte del planeta, la industria del esquisto en Estados Unidos seguirá su irreversible contracción, y los niveles de desempleo en Estados Unidos incrementarán, particularmente en estados que le garantizaron la victoria electoral al Señor Trump en el 2016, y que albergan muchas de estas industrias energéticas. Esto tendrá un efecto adverso para las aspiraciones de relección del Señor Trump. Una noticia (originalmente en inglés) en Yahoo! News de fecha 11 de mayo de 2020 señala lo siguiente:

La tasa récord de desempleo informada el viernes (8 de mayo) mostró que decenas de millones de empleos desaparecieron, devastando la economía y obligando al presidente Trump a superar los históricos “vientos en contra” para ganar un segundo mandato.

La Nueva Operación “Furia Urgente”: Venezuela

Es ahora que podemos abordar la lamentable relación entre todo lo expuesto anteriormente, y la República Bolivariana de Venezuela, su población y su Gobierno Bolivariano. Recordemos, como ya habíamos señalado anteriormente, que el Señor Reagan estaba buscando en Granada “una victoria en política exterior (que sea como) un objetivo digerible y del tamaño de un bocado». El Señor Trump, obviamente, se encuentra en la actualidad con las mismas necesidades que tenía el Señor Reagan hace casi cuarenta años. El Señor Reagan tuvo su “Granada”, y ahora el Señor Trump está buscando la suya, y por los momentos está apostado por Venezuela. ¿Por qué? 

Podemos reafirmar lo que señalamos en el comienzo de esta parte de nuestro documento: la clave de las agresiones contra Venezuela se encuentra en las dinámicas de la política domestica estadounidense y su interacción con la geopolítica global, teniendo poco que ver con las dinámicas domesticas del país suramericano. Efectivamente, ya las tensiones y las agresiones contra Venezuela existían mucho antes de la llegada del COVID-19 al continente americano, el colapso de los precios del petróleo, el deterioro de la economía estadounidense a raíz del “lockdown” y la proximidad de las elecciones presidenciales en  noviembre de este año. Pero estos últimos factores son los que elevaron substancialmente la posibilidad de una invasión o una desestabilización contra Venezuela, con el propósito de finalmente lograr el deseado “regime change”.

Como en el caso de Granada en 1983, el Señor Trump requiere urgentemente de una distracción “del tamaño de un bocado” – es decir, fácil de digerir – para lograr una victoria en la política exterior, y que se consolide de aquí a noviembre de este año. Esto ayudaría mucho con el proceso electoral, de la misma manera que Granada ayudó substancialmente al Señor Reagan en su relección, asunto que lo indica claramente las encuestas de entonces.

Es realmente impresionante cómo la mentalidad del ciudadano estadounidense funciona. Efectivamente, uno de los elementos que más levantó la popularidad del Señor Reagan para su relección en 1984 fue la invasión a Granda. La población gringa no le pasó factura al Señor Reagan por la muerte de tantos soldados en el Medio Oriente – y por apoyar los intereses de los sionistas con los cuerpos de sus propios soldados – pero, y esto es lo más interesante, los estadounidenses en vez celebraron la “victoria” de su país – la potencia militar y económica más grande del mundo – contra un archipiélago caribeño que apenas se puede encontrar en un mapa de la cuenca del Caribe. Mientras Estados Unidos es un país de más de 10 millones de kilómetros cuadrados y con 300 millones de personas, Granada es un conjunto de siete islas con un total de 348.5 kilómetros cuadrados, y una población de 112.000 personas (en el 2018, y no en 1983).

Es un verdadero testamento al poder de los medios de comunicación (y la soberbia colectiva de una nación), al ver cómo estos lograron convencer a su población que celebren la “victoria heroica” de su país contra la “amenaza” contundente que representan esos 348.5 kilómetros cuadrados y los 112.000 personas que contienen estos kilómetros cuadrados, para la república que posee miles de armas nucleares y portaviones nucleares, 300 millones de ciudadanos y 10 millones de kilómetros cuadrados, sin mencionar la gigantesca y abrumadora disparidad y asimetría económica, entre ambas naciones. Ni por un momento se detuvieron para contemplar que su jubileo y su soberbia nacional son productos de una guerra equivalente a una lucha de boxeo entre Mike Tyson (durante el apogeo de su poder) y un parapléjico recién nacido. ¡Que gran orgullo! ¡Que acto tan heroico!    

Entonces, para desviar la opinión pública del desastre del COVID-19 y ganar las elecciones en noviembre, es necesario que el Señor Trump obtenga varios logros, entre ellos una victoria contundente en la política exterior. La pregunta sería, ¿Adonde pudiera obtener esta victoria? ¿Contra quien? Esta “victoria” tiene que tomar poco tiempo, tener un costo monetario mínimo, mínima pérdidas de vidas estadounidenses, y, claro, tener su elemento emotivo, o sea debe ser una victoria contra alguien odiado por la población gringa (esa lista no es corta).

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