Escuela de Sabidurías- Control de daños

Por Gregorio Pérez Almeida

En el último recreo, conversamos sobre la nueva normalidad en Venezuela producto de la pandemia de C19 y uno de los problemas extraordinarios e inusitados que se nos ha presentado es el de las y los TROCHEROS.

Me descargué una de agente de contrainteligencia contra ellos(as) y se me pasó la mano al meter a todas y todos los trocheros en el saco de los “milicianos voluntarios e involuntarios” del imperialismo yanqui y como “enemigos de la patria”.

Me llamó una amiga y me dijo que así como Fidel le advirtió a Chávez que en Venezuela no había 4 millones de oligarcas, ella me advertía que no todos los trocheros son agentes del imperialismo y están conspirando irracionalmente contra la patria. Me regañó, con razón, y me narró una experiencia que les cuento a continuación. Juzguen ustedes. El título surgió luego de escucharla.

Bailando con el amor y la muerte

          Ella llegó de Ecuador por los caminos verdes, amarillos y marrones. Pasó varios días sin comer o comiendo mal, tomando líquidos embotellados por temor al agua contaminada, atravesando caminos en autobuses, camiones, tractores y sobre sus propios pies. Evadiendo los pasos fronterizos oficiales por no tener ni pasaporte ni visa ni nada más que su cédula de identidad como ciudadana de la República Bolivariana de Venezuela.

            En verdad que al mirar su cédula sentía “sentimientos encontrados”, porque un día había estado orgullosa de tenerla y ahora era lo único que le aseguraba una identidad, pero la situación tan precaria económica y socialmente y la incertidumbre sobre el futuro era tal que por momentos dudaba si valía la pena ser venezolana…

          Cuando decidió irse del país, sufrió mucho, porque era hija única y su mamá tenía diabetes e hipertensión y un problema de tiroides, pero lo que cobraban las dos no les alcanzaba para comprar las medicinas de un mes. Al comienzo acudían a los servicios del gobierno, pero en los últimos dos años, era casi imposible recibir las medicinas gratis o a más bajo precio…así no podían continuar.

            ¡Adiós mamá! …¡Adiós mija querida! ¡Cuídate mucho!… ¡Cuídate mucho tú también, mamá! Y cuenta con que apenas me instale y me enderece un poco económicamente te enviaré para las medicinas…, Sabes que en Ecuador la moneda es el dólar… Promesa que comenzó a cumplir hacía pocos meses. No era mucho, pero lo suficiente para el Losartán, el Eutirox y la Metformina.

        A punta de trabajo, responsabilidad y sacrificio, en casi dos años, había logrado instalarse con cierta estabilidad y había acumulado cerca de 2.000 dólares haciendo lo que le exigieron hacer en un hotel no de mala muerte sino de buena vida, en Sucre: ayudante de cocina, lavar platos, hacer ensaladas y servir las mesas cuando faltaba algún mesonero. De 6 am. a 10 pm., lunes libre cada 15 días. Lo logró gracias a que había estudiado hotelería en la Universidad Simón Bolívar, en Camurí Grande, al este del este del estado La Guaira y se interesó por el manejo de los alimentos.

       La “estabilidad” le duró hasta que llegó el Covid 19 a Ecuador. Las cosas comenzaron a cambiar bruscamente: en la pensión le aumentaron el alquiler, las dos venezolanas con las que compartía una habitación se habían regresado y una de ellas, que estaba legal, le hacía la segunda para enviarle la remesa a la vieja. En los medios comenzaron los rumores sobre una ruptura de relaciones diplomáticas entre Ecuador y Venezuela y en la calle no se sentía ya segura por los comentarios de la gente. “Mamá, me regreso a Venezuela, porque también aquí mis planes se vinieron abajo…”, fue el mensaje que envió al wasap de una vecina en el barrio antes de salir…

          Los dólares acumulados le alcanzaron para pagar el “servicio de transporte” que la traería de regreso a Venezuela. Contaba con conservar unos 300 para los primeros meses, pero las cosas no salieron como esperaba sino como tenían que salir y de casualidad llegó con 500 mil bolívares en efectivo que le devolvieron en la última alcabala clandestina en un lugar del largo y doloroso camino de regreso.

          ¡Mija, por fin llegaste! ¡Gracias diosito por devolverme a mi muchacha buena y sana! ¡Bienvenida de regreso a tu casa! ¡Ay, mija, cuánto falta me hacías! ¡Rosa! ¡Mira quien llegó! ¡Llama a tus primos que se van a contentar! ¿Ya le dijistes a Carmen? ¡Llámala llámala! Que esa mujer no dormía desde que avisaste que regresabas… “Sí, mamá, pero primero tengo que descansar”

          Muerta de cansancio durmió dos días seguidos, al tercero resucitó y entre lágrimas de alegría y tristeza no dejó de abrazar, de conversar y contar sus peripecias en Ecuador, las del viaje de ida y el de venida y entregó unos recuerditos que logró salvar de los decomisos en las “alcabalas”. En la noche del cuarto día sus primos y vecinos montaron el bonche de bienvenida… ¡Cómo bailó salsa!“¡Es que esos ecuatorianos no saben bailar…!

          Y así pasaron dos semanas entre reencuentros y cuentos y buscando trabajo, porque con el título de la USB y lo que aprendió en los casi dos años en la cocina del hotel, puede asegurarse un buen empleo.

La primera que presentó los síntomas del COVID 19, fue su mamá, el resto no lo sabe todavía…

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