Escuela de Sabidurías (10 y medio)

Por Gregorio Pérez Almeida

Entre necesidades y satisfactores

Vamos por partes, que el tema es complejo y sólo trataremos un aspecto de las tesis de Manfred Max-Neef, con la intención de despertar el interés por esta visión a contra corriente en el pensamiento económico occidental. El libro que citamos, Desarrollo a escala humana, no es un libro de ensayos, sino una especie de informe elaborado por un colectivo de investigadores suramericanos y suecos que ha orientado programas de investigación y proyectos de organización comunitarios a partir de la tesis central del economista chileno. Abordaremos sólo la relación entre necesidades, satisfactores y bienes.

Sostiene Max-Neef: “Se ha creído, tradicionalmente, que las necesidades humanas tienden a ser infinitas; que están constantemente cambiando; que varían de una cultura a otra, y que son diferentes en cada período histórico”. Si alguien no comulga con esta creencia, que tire la primera piedra, pero no nos alegremos por la coincidencia, porque pronto advierte que: “Nos parece que tales suposiciones son incorrectas, puesto que son producto de un error conceptual”.

¿Y cuál es ese error conceptual? “Que no se explica la diferencia fundamental entre lo que son propiamente necesidades y lo que son satisfactores de esas necesidades. Es indispensable hacer una distinción entre ambos conceptos por motivos tanto epistemológicos como metodológicos”.

¿Qué son, cuántas y cuáles son las necesidades? Son “atributos” del ser humano, socialmente universales porque “cualquier ser humano, independientemente de su lugar de enunciación, desea satisfacerlas y a cualquiera le resulta indeseable no satisfacerlas”. Son nueve: 1) de subsistencia; 2) de protección; 3) de afecto; 4) de entendimiento; 5) de participación; 6) de ocio; 7) de creación…

Escucho: …pero, Profesor, faltan dos

Así es, pero me detuve ahí porque Max-Neef no niega que las necesidades cambien, sino que lo hacen junto a la evolución de la especie humana, a un ritmo sumamente lento y por estar imbricadas en dicha evolución tienen una trayectoria única y son socialmente universales. Esta concepción anula la tesis popularizada de que el capitalismo crea falsas necesidades y que cambian cuando Rockefeller o Mendoza quieren que cambien. Lo que crea el capitalismo son los “satisfactores de las necesidades” y los “bienes”, como esperamos explicar más adelante.

Sostiene nuestro autor, que estas 7 necesidades estuvieron presentes desde los orígenes del “Homo habilis, y, sin duda, desde la aparición del Homo sapiens” y que en un estadio evolutivo posterior surgió la necesidad de “identidad” y, mucho más tarde, la necesidad de “libertad”. Estas nueve necesidades se combinan conforme a dos criterios: uno existencial y otro axiológico, que producen una “matriz de necesidades”, que no puedo abordar aquí por el espacio, pero que ha sido probada satisfactoriamente en sus proyectos de organización y planificación comunitarios.

¿Por qué creemos que el sistema capitalista, es decir, Rockefeller y Mendoza, crean nuevas necesidades, o que existen unas necesidades “básicas” y otras “secundarias”, o unas necesidades “sentidas” y otras “no sentidas” aunque estén presentes? Porque confundimos las necesidades con los satisfactores de esas necesidades, y llegamos así a la otra pregunta ¿Qué son los satisfactores?

Atención, que esto es clave: la alimentación no es una necesidad, como solemos creer, sino satisfactor de la necesidad fundamental de subsistencia, lo que permite comprender la inmensa variedad de regímenes alimenticios que existen porque: “Cada sistema económico, social y político adopta diferentes estilos para la satisfacción de las mismas necesidades humanas fundamentales”. El problema es que el sistema capitalista “homogeneíza los satisfactores y los bienes” unificando los gustos, los alimentos, las modas, la recreación y, como hemos mostrado, los pensamientos en las ciencias sociales, la filosofía, etc.

“De igual modo, la educación (formal o informal), el estudio, la investigación, la estimulación temprana y la meditación son satisfactores de la necesidad de entendimiento. Los sistemas curativos, la prevención y los esquemas de salud, en general, son satisfactores de la necesidad de protección”. Y nos advierte: “No existe correspondencia biunívoca entre necesidades y satisfactores. Un satisfactor puede contribuir simultáneamente a la satisfacción de diversas necesidades o, a la inversa, una necesidad puede requerir de diversos satisfactores para ser satisfecha”.

Y nos da un ejemplo que permite visualizar esta relación compleja entre necesidades y satisfactores: “Cuando una madre le da el pecho a su bebé, a través de ese acto, contribuye a que la criatura reciba satisfacción simultánea para sus necesidades de subsistencia, protección, afecto e identidad. La situación es obviamente distinta si el bebé es alimentado de forma mecánica”. Aquí aparecen los bienes (objetos y artefactos), que permiten incrementar o mermar la eficiencia de un satisfactor, por ejemplo, la leche materna incrementa la satisfacción de las necesidades del bebé y de la madre, otra cosa ocurre si al bebé lo alimentan con las “fórmulas” y alejado de su madre…

Si las necesidades son las mismas, entonces no es extraño que ambos poemas coincidan en su valoración del cuerpo a pesar de los 4.000 años de diferencia. La clave está en el ejemplo de la madre que amamanta a su bebé: el encuentro amoroso satisface las necesidades de subsistencia, protección, afecto, creación e identidad y el satisfactor es el cuerpo, por eso hace 4000 años una mujer le dijo a un hombre que deseaba su cuerpo apasionadamente y sentía que era su dios, su protector y su fuente de alegría y hace menos de un siglo un poeta le cantó a su amada “No quiero más luz que tu cuerpo ante el mío”.

Y no sé si coinciden conmigo, pero esta concepción de las necesidades es como un puente que nos permite comunicar los mundos indígenas y occidentales, porque devela el núcleo común de la humanidad.

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