El juramento de Earle Herrera y el Chile de la bicicleta roja y plata.

Por Miguel Ernesto Salazar

Hace dos años protestar en Chile costaba un ojo de la cara, «¡Justicia y reparación urgente!»,  el grito de decenas de chilenos y chilenas víctimas de la represión desatada por el gobierno de Piñera que provocó lesiones y daños oculares en más de 400 chilenos y chilenas. Recientemente la Coordinadora de Víctimas y Familiares de Trauma Ocular, formada tras las protestas contra el gobierno de Piñera en 2019, confirmaba el suicidio de Patricio Pardo, de 26 años, uno de los jóvenes afectados por la represión de los carabineros.

En el 2019, saltar los torniquetes del metro en Santiago de Chile para no pagar el aumento impuesto por el gobierno de Piñera daba paso a la Plaza de La Dignidad, escenario de la protesta de los jóvenes chilenos contra las políticas neoliberales que convirtieron a Chile en el país más desigual del continente americano. La canción de Quilapayún, “El pueblo unido jamás será vencido” abría los caminos al plebiscito para una nueva Constitución.      

Entrada la noche del pasado domingo, la movilización popular iniciada aquel 2019 tuvo su recompensa con el triunfo de Gabriel Boric ante el candidato de la corriente pinochetista, 55,87% contra el 44,13% de la ultraderecha, casi un millón de votos de diferencia. La memoria de Salvador Allende se hizo presente ofrendando su vida en el Palacio de la Moneda combatiendo el Golpe de Estado de Pinochet y la CIA. El presidente electo, Gabriel Boric, de alguna manera en su primera intervención ante los chilenos y chilenas reivindicaba el sueño truncado (casi aniquilado) de Allende.

Pero la victoria popular en Chile esta noche del domingo tenía un sabor amargo para nosotros, la triste noticia del fallecimiento del maestro Earle Herrera, un icono del periodismo venezolano, un bolivariano íntegro y cabal. Vigente aún está uno de sus últimos escritos, titulado “Carta a mi ex alumna chilena”, a raíz de la terrible agresión sufrida por connacionales en tierras chilenas, victimas del odio y de la xenofobia promovida por la ultraderecha.

Una bicicleta roja y plata, quemada en el Chile de Piñera por quienes levantan las banderas del odio, le recordaba Earle Herrera a Beatriz, una chilena alumna del maestro Herrera que llegaba exiliada a Venezuela huyendo de la Dictadura de Pinochet, huyendo de los miles de crímenes contra la humanidad que por años redujeron la esperanza casi a las cenizas. “¿Te regalaron de niña una bicicleta? Antier quemaron una en tu país. Era roja y plata. Duro, para un niño, ver su bici entre las llamas”, le señalaba a “Bea” el maestro Herrera. “Ay, Beatriz, las manos de Víctor Jara ya no podrán rescatar de las llamas la bicicleta roja y plata de un niño venezolano. Se las aplastaron a culatazo de fusil, pero no silenciaron su guitarra. ¿La oyes?”, proseguía Earle: “Antier, Bea, a los venezolanos migrantes en tu país, les quemaron sus carpas, ropas, enseres y juguetes, como si Pinochet hubiera regresado del infierno. Otra vez vimos la imagen del presidente Allende, ametralladora contra el pecho, entre los escombros de La Moneda. Anda Bea, compra una bicicleta, busca al niño al que le quemaron la suya y entrégasela. De apagar las otras llamas nos encargamos nosotros. Los hijos de esta patria sabemos cómo hacerlo. Es lo que hemos hecho desde que Simón Bolívar, después de Carabobo, cabalgó hacia tu Sur. Si la bicicleta es roja y plata, mejor”. Beatriz y Boric, no se les olvide la bicicleta, no le cambien el color, roja y plata.

“La maldición del Club de Lima irradia hacia todas partes”, en otra oportunidad escribió Earle Herrera y con el triunfo de Gabriel Boric se le ha quemado otro foco, haciéndose cada vez más tenue. “Sus miembros se secan y el cartel ladra, como lo escribió hace años uno de sus admiradores, bajo la ciudad y los perros”, la derecha y sus intelectuales, ve con preocupación el destino de Colombia y Brasil a manos del pueblo que se niega a sucumbir al miedo. Las nuevas victorias populares serán titulares colgados en algún Kiosco que tenga como fuente la verdad.

Lo que sí es seguro es nuestro maestro Earle Herrera, seguirá remando en dirección contraria a la de los analistas y teoretas que despotrican de la realidad. Donde quiera que haya ido a dar en un nuevo viaje, el maestro Herrera desempolvara sus perchas rojas, creando confusión dentro de la fanaticada de Los Cardenales. Y seguirá en pie su juramento: “Ni por los ojos de aquella muchacha de la Facultad de Farmacia que estremeció la poesía del chino Valera Mora, cambiaría mi bandera roja”.

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