Dos interpretaciones de las democracias posdictaduras

Por Dario Di Zacomo (Buenos Aires, Argentina)

En esta oportunidad voy a recuperar dos interpretaciones y apreciaciones sobre las democracias en américa latina que considero aportan interesantes miradas para entender la situación actual de los regímenes democráticos en Suramérica, fundamentalmente por la proximidad histórica a los procesos de democratización con que fueron realizados los análisis; es decir, en los bordes iniciales de la consolidación de las democracias del cono sur y Brasil, lo que permite mirar entre las grietas aspectos en las cuales surgieron y que hoy sustentan algunos de los procesos de debilidad revolucionaria y limitaciones de profundización democrática para los pueblos de esta región.

La primera referencia es una ponencia presentada por Perry Anderson el 16 de octubre de 1987 en Buenos Aires, denominada  Democracia y dictadura en América Latina en la década del ’70. En ella el autor plantea una caracterización inicial sobre las condiciones en las cueles se produjeron los diferentes procesos militares (léase golpes de Estado) que dieron paso a las dictaduras de Brasil, Chile, Uruguay y Argentina, contrastándolo fundamentalmente con la existencia de una democracia representativa estable en Venezuela con casi treinta años, partidos políticos competitivos, alternabilidad en el poder por medio del sufragio universal y participación electoral masiva de la población. La hipótesis que presenta para explicar ello, sin negar la importancia de la renta petrolera, es la debilidad de la clase terrateniente, así como de forma simétrica también de la clase obrera venezolana. Nos dice Anderson que en Venezuela por no existir una oligarquía agraria estable y poderosa que regularmente representa ideas conservadoras, sumado a una clase obrera pequeña y de poco impacto político, pudo estabilizarse rápidamente la democracia burguesa sobre la sustancialidad de las clases medias surgidas de la renta petrolera; y esta condición permitió fundamentar la formula sociológica propicia para afianzar, al menos en un grado moderado, a la democracia venezolana.

Por el contrario entonces, y a pesar de contar también con clases medias importantes en Brasil, Chile, Uruguay y Argentina el enfrentamiento entre los sectores capitalistas agrarios y obreros constituyó el factor estructural del advenimiento de las dictaduras militares de los sesenta y setenta. Y es esta formulación la que quiero destacar, pues al respecto nos señala que todas las últimas dictaduras del cono sur se caracterizaron por su condición de “contrarrevolucionarias preventivas” que asumieron el objetivo de eliminar todas las posibilidades de la izquierda anticapitalista y socialista, así como por derivación de los movimientos populistas que, de paso para el imperialismo, padecían de la propensión a comulgar con tales ideas. Para ello los regímenes autoritarios apostaron a traumatizar a la sociedad civil por medio de la aplicación del terror, de forma tal de asegurarse que no se presentase ninguna posibilidad posterior de “reincidir en desafíos revolucionarios contra el orden social vigente” y desgarrar toda posibilidad de cambio social desde los sectores populares.

La finalidad era eliminar de raíz toda posibilidad del socialismo, incluso proscribir su sola idealización, al tiempo que sustentaban las bases del nuevo modelo de acumulación de capital, pues constituyen componentes de la misma estrategia, ya que la represión condujo al disciplinamiento de la mano de obra, la imposición de bajos salarios, la reversión de reivindicaciones, la generación de condiciones favorables para la inversión extranjera y la promoción de la primarización en las exportaciones. Ahora bien, esto puede que no fuese una estricta novedad en relación con los regímenes dictatoriales anteriores que habían proliferado durante el siglo XX, la novedad está, nos dice Anderson, que estas últimas dictaduras programaron una “reintroducción de una democracia capitalista controlada”, siendo su proyecto a largo plazo eliminar el peligro político del socialismo, transformar las estructuras socioeconómicas para el neoliberalismo y afianzar las condiciones de posibilidad de una democracia controlada con un mensaje muy claro “Pueden tener democracia si respetan el capitalismo, pero, si no lo aceptan, se quedarán sin democracia y tendrán que seguir aceptándolo de todos modos”.

El siguiente trabajo es Democracia delegativa de Guillermo O’Donnell, publicado en 1994. En él se abordan diferentes aspectos que dan cuerpo a la tesis que las democracias que afloran en la década de los ochenta en la mayoría de los países de suramérica tras las dictaduras no son democracias representativas como tal, son más bien otro tipo de democracia que el autor denomina delegativas. Estas democracias no son regímenes consolidados institucionalmente pero pueden ser duraderos, de igual manera tampoco necesariamente se conducen a una reversión hacia regímenes autoritarios, aunque no “progresan” hacia democracias representativas. Su existencia es producto de la crisis social y económica dejada como herencia por las dictaduras, reforzándose “ciertas prácticas y concepciones acerca del ejercicio adecuado de la autoridad política, que conducen hacia la democracia delegativa, no a la representativa”.

Este tipo de democracia se basa para O’Donnell en el supuesto que quien sea el ganador de la presidencia por vía democrática se reviste de la facultad de gobernar como lo considere apropiado, solamente condicionado por las relaciones de poder existentes y los límites constitucionales, claramente se ubican por encima de los partidos políticos y organizaciones que lo postularon y de cualquier promesa de campaña o proyecto que esgrimiera para alcanzar el triunfo. El presidente o presidenta se reviste del espíritu de la nación, encarnando e interpretando todos los intereses del país y con ello el resto de las instituciones del Estado deben acompañarle o al menos no estorbar, pero no por una pretensión autoritaria sino por el hecho de que fue elegido por la mayoría.   

Esto no constituye, necesariamente, un aspecto antidemocrático en sí mismo para O’Donnell, es más bien la expresión de otro tipo de democracia, que puede incluso ser más democrática pero ciertamente menos liberal que la democracia representativa, y esto debido a que en las democracias delegativas la fuerza está en la mayoría que por medio de elecciones limpias faculta al ejecutivo por un determinado número de años a ser el intérprete de los interés de la nación. Pero, por supuesto, establece un desprendimiento de la voluntad del votante (que delega) para pasar a tomar un rol pasivo durante todo el periodo que lo separa de la próxima elección.

En el marco de esta caracterización general se pueden ubicar con frecuencia que los gobiernos asumen posturas diferentes a las comunicadas en sus proyectos preelectorales y los constantes cambios de rumbos. Es abundante el número de ejemplos donde los presidentes han prometido políticas económicas de mejoras para las mayorías para desembocar luego, más rápido o más lento, en paquetes de estabilización económica dictados por instituciones como el FMI, que como nos señala el autor  “Cualesquiera sean los méritos de tales políticas para un determinado país en un momento dado, su adopción sorpresiva no contribuye a promover la confianza pública, particularmente si el efecto inmediato y más visible deprime aún más el estándar de vida, ya bajo, de gran parte de la población”.


Textos:

-ANDERSON, Perry (1987). Democracia y dictadura en América Latina en la década del ’70. (Anderson_DemocraciaydictaduraenAmericaLatinaenladecadadel70.pdf)

-O’DONNELL, Guillermo (1994). Democracia delegativa. (liderazgos-sxxi.com.ar/bibliografia/Democracia-delegativa_.pdf

También te puede interesar

ArabicChinese (Simplified)EnglishFrenchPortugueseRussianSpanish