Biden: En busca del enemigo

Por Miguel E. Salazar

A principios del año, el The New York Times, sin aun haberse consumado el asaltoal Capitolio o “insurrección” como la califico Joe Biden, en su editorial, bajo el nombre, “Trump todavía dice que ganó. ¿Qué pasa después?“, trataba de proporcionar una síntesis de lo acontecido en los Estados Unidos desde la elección en noviembre del presidente de dicha nación y la postura de Donald Trump que ha permeado a sus seguidores: “Dos meses después de que la mayoría de los votantes emitieran un veredicto decisivo en su contra, el presidente sigue fingiendo que no perdió. Al principio fueron tweets infundados sobre papeletas fraudulentas en Detroit y Filadelfia. A continuación, se exigió que las legislaturas estatales lideradas por los republicanos ignoraran la voluntad de sus votantes y cambiaran a sus electores de Biden a Trump. Luego, el sábado, el presidente pasó una hora tratando de extorsionar a Raffensperger, a quien amenazó con enjuiciarlo a menos que el funcionario de Georgia ayudara a «encontrar» 11,780 votos para Trump, uno más que el margen por el cual perdió el Estado ante el Sr. Biden”.

Trump buscaba a toda costa aferrarse al poder, incluso si ello suponía ir contra sus propios aliados en el Partido Republicano, como el caso de Raffensperger o guiar a sus seguidores rumbo a la batalla final, calificada por el propio editorial del Times como un “teatro político”. Pero otro punto importante destacado en este editorial toca el elemento esencial para analizar la futura administración de Biden: “Pero hay muchos estadounidenses que creen en sus afirmaciones y que no participan en este juego cínico y falso, y que creen que sus votos por Trump son los que están siendo invalidados. Esa desconfianza tendrá consecuencias que se extenderán mucho más allá de la certificación del miércoles, incluida la creación de un mito generacional de una elección robada, el descrédito de la presidencia de Biden desde el principio y la aprobación de leyes de votación más estrictas que se dirigen a los votantes de tendencia demócrata, bajo el disfraz de integridad electoral”.

A la mañana siguiente el asalto al Capitolio era consumado por partidarios de Trump, y no tardaba nuevamente el Times, sin que el Consejo Editorial señalará directamente a Trump como responsable de los hechos de violencia suscitados en la cuna del capitalismo mundial: “La retórica sediciosa de Trump provocó que una multitud de miles de personas asaltaran el edificio del Capitolio de los EE. UU., Algunos irrumpieron en los pisos de la Cámara y el Senado, donde los representantes electos de la nación se habían reunido para cumplir con su deber constitucional de contar los votos electorales y confirmar la elección de Joe. Biden como presidente”, señalaba el nuevo editorial.

El ataque convulsionó a una sociedad ya por si dividida, y agarró a medio mundo fuera de base, la “democracia” occidental  y su ideal de libertad aquel día se resquebrajó: “El 6 de enero de 2021 pasará a ser un día oscuro. La pregunta es si, incluso cuando termina el tiempo de Trump en el cargo, Estados Unidos está al comienzo de un descenso a una época aún más oscura y dividida o al final de una. El peligro es real, pero la respuesta no está predeterminada”.

Sobre este escenario le toca a Joe Biden juramentarse y tomar posesión, una nación dividida, donde un poco más la mitad de los 74 millones de estadounidenses que votaron por Trump siguen considerando que hubo fraude en las elecciones presidenciales, lo que es igual a que una quinta parte de los 328 millones de habitantes de los Estados Unidos ven a la futura administración de Biden como ilegitima, algo que un columnista del Times, Timothy Snyde, bajo el título, “El abismo estadounidense”, ha descrito: “La posverdad es prefascismo, y Trump ha sido nuestro presidente de la posverdad (…) La posverdad desgasta el Estado de Derecho e invita a un régimen de mitos. Estos últimos cuatro años, los estudiosos han discutido la legitimidad y el valor de invocar el fascismo en referencia a la propaganda trumpista”. El autor además de pliega a las teorías conspirativas que en las últimas horas, son encabezadas por la presidenta de la cámara de representantes, Nancy Pelosi y la excandidata presidencial Hillary Clinton, que señalan a Rusia como coautora de la “insurrección”, tapa nuevamente lo que la elite política estadounidense se reúsa a ver.

Al momento de la juramentación, la capital estadounidense estará bajo un férreo control militar que el propio Comité de Seguridad Nacional del Congreso de los Estados Unidos citando al medio Businessinsider, que describe en su cuenta de tuiter: “Un claro recordatorio del peligro del terrorismo interno: habrá más tropas estadounidenses en Washington DC para la toma de posesión de Biden que en Irak y Afganistán juntos”. Incluso el presidente de dicha Comité, el representante demócrata Bennie G. Thompson envió una carta al Departamento de Seguridad Nacional (DHS) instándolo a hacer todo lo que esté a su alcance para apoyar al Gobierno Federal, órganos estatales y locales para asegurar las capitales estatales y otra infraestructura específica “contra ataques planificados, similar al llevado a cabo contra el Capitolio de los Estados Unido”, esto motivado al informe  del FBI donde emite un boletín advirtiendo la planeación de protestas armadas en los 50 capitales estatales. Lo que hasta ahora solo se ha traducido en la movilización de grupos civiles y milicias armadas que simpatizan con Trump.

El Informe del FBI, presentado ante una instancia integrada por los Comités de Supervisión y Reforma, Judicial Seguridad Nacional,  del Comité Permanente Selecto de Inteligencia y el de Servicios Armados, ubica a los enemigos internos, milicias armadas ultra conservadoras, como la principal amenaza. Pero, plegarse a lo sostenido por demócratas y la elite republicana adversaria de Trump sobre la tutela de este último sobre este grupo de organizaciones antigubernamentales, en su esencia, es un error. Al igual que enmarcar el análisis que este grupo de organizaciones llegaron ha ser protagónicas a partir de la administración de Trump. Organizaciones compuestas en su mayoría por sectores de la clase trabajadora con un matiz conservador que ve en la globalización auspiciada por los demócratas como su principal amenaza y que encontró a Trump, un hombre fuera del sistema político tradicional, como una alternativa. Olvidar el origen de esta ideología conservadora, John Benjamin Franklin, Richard Henry Lee o James Monroe,  nombres que necesariamente hay que incluir en el análisis para entender la violencia política a lo largo de la historia de los Estados Unidos por parte de estos grupos ultraconservadores. 

Una vez juramentado, Joe Biden, tendrá que redefinir la doctrina de seguridad y defensa nacional para hacer frente a una amenaza, “inusual y extraordinaria” en suelo estadounidense por un lado. En paralelo, la iniciativa impulsada por los demócratas en el Congreso para enjuiciar políticamente a Trump seguirá su guión que terminará en apartar al magnate estadounidense de ejercer cargos de elección popular. Y finalmente, Biden deberá asumir el gran reto de su nuevo equipo, marcado bajo la premisa que señala el recién nombrado jefe de la CIA, William J. Burns: “Nos hemos adentrado en uno de esos raros periodos de transición, con el dominio de Estados Unidos en el espejo retrovisor y un orden más anárquico asomado vagamente más allá (…) Este momento pide a gritos que el liderazgo ayude a forjar un sentido de orden, un organizador que ayude a navegar este complicado lío de desafíos”.

Sobre este último punto, nos centraremos en nuestra próxima entrega, no hay que dejar pasar los nuevos nombramientos en el equipo que formara parte de la próxima administración del nuevo inquilino de la Casa Blanca, en especial cuando este nueva arquitectura del poder influirá sobre el mundo y en especial sobre Latinoamerica.   

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