Las elecciones en Estados Unidos, no ganó Lisa Simpson

Por Dario Di Zacomo (Buenos Aires, Argentina)

Un capítulo de Los Simpson muestra a Lisa en un sueño como presidenta de los Estados Unidos después de Donald Trump, lo interesante es que para el momento de la realización del episodio la posible presencia del empresario en la Casa Blanca no era más que una broma típica del popular programa. Años después, en 2016, resulta electo Trump como presidente y esta vez no era un sarcasmo. Por las plataformas de los medios de comunicación rodaron múltiples comentarios y opiniones contrarias a esa “victoria”; la línea era destacar a la candidata Hillary Clinton, consentida de las corporaciones mediáticas más poderosas, incluso los discursos tuvieron tanta penetración que algunos respetados analistas latinoamericanos y otros no tan respetados, pretendían mostrar las ventajas que para nuestros pueblos podría haber tenido el triunfo de la segunda por sobre el primero, cosa muy interesante de pensar, pues hasta donde conozco, y sin negar que ciertamente hay diferencias entre republicanos y demócratas, éstas giran fundamentalmente hacia sus políticas internas y no con respecto a la política internacional, pues ésta, como sabemos, está básicamente fundada en la preservación y expansión de su hegemonía.

En las recientes últimas semanas con la definición de la contienda electoral yanqui, en esta oportunidad entre Trump y Biden, las posturas mediáticas fueron más o menos igual, pero muy enriquecidas con la atrevida perorata de Donald, incluso en esta oportunidad se hicieron uso de los discursos anti-racistas vinculándolos a Biden, colocando la derrota de Trump, y su posibilidad cierta, en una especie de triunfo contra el supremacismo blanco, donde comunicadores de raza negra lloraron públicamente como si se tratase de un nuevo horizonte del porvenir igualitarista para norteamérica; en todo caso la esperanza siempre juega a favor de la voluntad de lucha, la desesperanza es una derrota sin haber luchado.

La campaña figuro por el mismo ya recurrente canal en relación a américa latina, sin aspectos realmente distintivos entre ambos candidatos; de hecho, tampoco se diferenciaron en referencia a las políticas a seguir para el resto del mundo, salvo si se debe comerciar mejor o más con China, aspecto que no me queda muy claro de qué forma es favorable para los pueblos de nuestramerica, pero sigo leyendo al respecto.

Ahora bien, para hacerla corta, un aspecto que curiosamente no estuvo presente (o sólo escasamente) en los medios de comunicación, latinoamericanos incluidos, fueron los señalamientos o críticas referidas a una de las razones fundamentalmente válidas por las cuales un personaje como Donald Trump no debió haber alcanzado la Casa Blanca, es decir razones para declarar el equívoco presentado en la elección anterior. Se trata del obsoleto sistema electoral que permite que gane un candidato aun cuando obtenga menos votos, real problema de la democracia estadounidense que evidencia su modelo deficiente y atrasado, basado en los llamados colegios electorales, los cuales a decir de Alexis de Tocqueville nacen “…en una República de Estados confederados, donde las influencias locales están mucho más desarrolladas y son más poderosas”.(Tocqueville, 1957:124).

Tradicionalmente en los Estados Unidos quienes alcanzan una candidatura presidencial, y por ende posiblemente la presidencia, suelen haber transitado por una o varias de estas tres vías: ejercer cargos de elección anteriores (congreso, gobernaciones, etc), puestos en la administración pública (secretaria de Estado, dirección de alguna agencia como la CIA, etc) o carrera militar (aún truchada como la de George W. Bush), sin embargo lo sorprendente que ocurre en la interna republicana 2015-2016, es que se elige a Donald Trump, personaje que no ostenta ninguno de esos caminos, más bien abiertamente representa al tipo empresario con mucha cancha en los medios de comunicación, deviene como un outsider de los republicanos, contra la avasallante figura mediática de Hillary Clinton, que posee carrera de cargo de elección, de administración pública, claro poder en el partido demócrata y representa justamente las posturas más conservadoras; su opositor fue Bernie Sanders, señalado como progresista por los medios, cosa que pareció ser más que un alago o descripción real, un estigmatizado recurso para descalificarlo ante el electorado. Recordemos que las primarias de los partidos republicanos y demócratas no están diseñadas exclusivamente para miembros de esos partidos, cualquiera puede votar y son también en segundo grado con delegados que acuden luego a la convención nacional respectiva y deciden. Sanders era un personaje fuera de lo común para una primaria presidencial, estaba alejado de las principales corrientes del partido demócrata y representaba una posibilidad asertivamente diferente, pero no gana, demasiado peligroso.

Recuerdo que la campaña presidencial en 2016 se desarrolló con una inclinación mayoritaria de los medios de comunicación por la Sra. Clinton y denuncias constantes del Sr. Trump del carácter fraudulento en que podría deparar la elección, lo que probablemente ocasionó que algunos líderes republicanos, en términos criollos, “se abrieran”. Las encuestas daban ganadora a Hillary y todo parecía inclinarse por su triunfo, pero al día de la elección, gana Trump; y entonces se exterioriza lo destacable, un suceso presentado hasta ese momento como “singularidad” moderna en la democracia norteamericana, dejó de serlo; referimos a la victoria de George W. Bush en 2000 frente a Al Gore donde el primero sacó menos votos que el segundo, pues en 2016 se repite, Trump obtiene una votación menor que Hillary y sin embargo por medio del sistema de colegio electoral gana, lo que hace que esa “singularidad” del sistema electoral estadounidense se comience a parecer más a una “pluralidad”.  Pero este asunto tan grave, que devela la debilidad de un sistema configurado hace más de doscientos años, en una disputa donde los redactores de la constitución norteamericana, terratenientes blancos, no se plantearon nunca la posibilidad de un voto popular directo, sino que debatieron siempre en torno a propuestas de elección indirecta; ese asunto entonces, que puede justificarse por la época, sigue siendo hoy el principio del sistema de elección en el país “policía de la democracia en el mundo”.

El sistema antidemocrático que rige en norteamérica permite que pueda ganar el que menos votos obtiene y no de forma excepcional. Ese tema tan importante no sale en los medios de comunicación norteamericanos y en la mayoría de medios latinoamericanos y europeos, si se asoma, solo se hace como una curiosidad. Al presente, con la derrota de Trump, se reconstituye la trama discursiva para demoler a las pocas voces que señalan el carácter precario de la democracia norteamericana, pues el papel de los medios ya impulsa un relato que valida al sistema electoral al corregirse con la derrota a Trump, más lejos aún el triunfo de Biden se empieza a mostrar como una victoria de las minorías, xenofobizadas y despreciadas por Trump, por tanto ellos pueden sentirse seguros con un sistema que al final, como en las películas, los buenos vencen a los malos.

En las democracias actuales el sistema de elección directa del presidente o presidenta es lo común, éstas se dan en una circunscripción nacional, donde rige una única reglamentación legal para su ejecución; pero, en los Estados Unidos sigue siendo una elección indirecta con legislaciones variadas y diferentes de estado a estado, esto hace que la organización de los procesos electorales tenga un alto grado de descentralización, con mecanismos y modalidades diferentes para electores que votan por el mismo cargo; por ejemplo en los estados Nebraska y Maine, la representación es proporcional a la cantidad de votos obtenidos para los colegios electorales y en el resto del país el que logra mayor votación toma la cantidad completa de electores del colegio respectivo; otro caso es el propio sistema de votación que puede ser diferente de un estado a otro, electrónico, por correo, adelantado, etc; y más grave aún no existe una institución o “agencia” centralizada que permita realizar las auditorias respectivas y dirimir conflictos que se puedan presentar, estos asuntos suelen resolverse en las cortes estatales en el marco de legislaciones regionales, es en el plano estatal donde se administra y gestiona el proceso electoral nacional. Inentendible el silencio de la OEA, quien se alarmó cuando al llegar los resultados de los escrutinios de las zonas rurales de Bolivia los números comenzaron a variar y a favorecer a Evo Morales, sus informes e intromisiones ocasionaron un golpe de Estado, o en Venezuela donde constantemente se reclama por elecciones limpias, dicen; bueno, ¿dónde están ante las distorsiones que se cometen en Estados Unidos para garantizar la voluntad popular, en un sistema donde cada estado decide como mejor le viene en gana sobre el proceso electoral y puede ganar el que menos votos saca?, allí si vale la premisa de “no intervención en asuntos internos de cada país”.

En consecuencia, los Estados Unidos elige a su presidente o presidenta en un cuadro donde son casi inexistentes las normas y reglamentaciones nacionales, lo que ha impulsado algunas corrientes que buscan reformar el sistema electoral “…existen al menos tres propuestas: generalizar el mecanismo de la elección por distritos de Nebraska y Maine; establecer la representación proporcional en la asignación de los súper electores; y, sin duda, la más significativa la impulsa el “Voto Nacional Popular”, que juega dentro de las reglas del sistema (…) el cómputo continuaría realizándose Estado por Estado, pero los integrantes del Colegio Electoral, en lugar de apoyar al candidato ganador del Estado –y al cual representan- elegirían al candidato con mayor cantidad de sufragios ciudadanos en el conjunto de Estados Unidos.” (Romero, 2018: 658-659). Curiosamente ninguna de estas propuestas institucionalizadas incluye al menos el voto universal directo, aspecto que nuestros pueblos de valores democráticos profundos han alcanzado ya hace décadas. Las alternativas presentadas en Estados Unidos son más bien mecanismos complementarios al sistema de colegios electorales, un maquillaje para una democracia antidemocrática.

Textos consultados:

-TOCQUEVILLE, Alexis de. (1957) La democracia en América, México, Fondo de Cultura Económica.      

-ROMERO BALLIVUÁN, Salvador. (2018) El sistema electoral presidencial de Estados Unidos: entre la originalidad del modelo administrativo-jurisdiccional y el inconcluso debate sobre la participación. En: Revista de la Facultad de Derecho de México, Tomo LXVIII, N° 270.

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