Conocernos, primero, para comprender a Choquehuanca (2)

Por Gregorio Pérez Almeida

La clase anterior tuvo comentarios y entre ellos uno de Xavier Sarabia, mi hermano negro, escuchémoslo: 


“Camarada creo que las y los negros formamos parte de los <precursores y forjadores de una patria libre y soberana>, en el Preámbulo no se dice que éstos sean solo los blancos. Tan precursor es José Leonardo Chirino como Miranda, por ejemplo. El Preámbulo solo diferencia «antepasados aborígenes» del resto, yo me siento representado en ese resto.


Lo otro es que yo no me siento discriminado o maltratado cuando me llaman Negro, más bien siento orgullo y <encariñamiento>… Otra cosa es algunas lecturas que se hagan de Malcolm X, por ejemplo, y del uso que algunos gringos hacen de la palabra Níger…”.


Mis comentarios:


Tienes razón Xavier, en el Preámbulo sólo se diferencia a “nuestros antepasados aborígenes” del resto de “precursores y forjadores de una patria libre y soberana”, para resaltar su sacrificio y heroísmo mucho antes de la llegada de africanos esclavizados. Y coincidimos en que está sobre entendido que en ese resto de precursores están las y los negros, a los que agrego mis antepasados canarios, guanches, malqueridos por los blancos peninsulares. 


Pero como la Constitución es el “libro de todas y todos” debe decir las cosas sin ambages, tomando en serio el precepto epistémico ️ “lo que no se nombra no existe” y así facilitaría que cada quien y cada cual se identifique en su texto. Y no es mentira, como pueden testificar las y los mismos afrodescendientes y muchos otros(as) activistas de los movimientos feministas, sexodiversos, etc., que su primera gran batalla fue para que los nombraran, el primer paso de su visibilización. 

 
Por ello, insistimos, en la nueva redacción de la Constitución –si la hubiese- debería aparecer literalmente el reconocimiento de las y los afrodescendientes en las luchas independentistas. Otra cosa es la diferencia entre los conceptos de “negro” y “afrodescendiente”, pero, debemos continuar con la clase. 


Hemos dicho que primero tenemos que conocernos como pueblo, como individuos y miembros de una comunidad cuyo territorio está entre Latinoamérica y las costas de la Mar Caribe, bañado 365 días por la luz solar, día y noche si recordamos que la Luna sólo refleja la luz del Sol, donde truene, llueva y relampaguee siempre suena música en el barrio y la obrera nunca falta a su trabajo y aunque tenemos el virus de la violencia delictiva nada ni nadie nos quita las ganas de vivir, y morir, en paz. 
Una población urbana en un 90%, pero que en sus barrios reproduce estilos de vida propios de comunidades rurales, como encontró la socióloga Beatriz Fernández: la modernidad capitalista con su egoísmo canallesco no destruyó las relaciones intersubjetivas expresadas en el compadrazgo, el apoyo mutuo, etc., lo que completa Luis Antonio Bigott afirmando que “En Venezuela, la postmodernidad es la premodernidad de los pobres”.
Una población en la que la presencia indígena está más lejana que la afrodescendiente por una simple y cruel eventualidad: el exterminio de los “indios” venezolanos y su indoblegable resistencia_ fue la causa de la introducción de africanos(as) esclavizados y los sobrevivientes fueron empujados a las periferias más lejanas de los centros capitalinos y, un dato curioso, digo yo, los pueblos indígenas que más se “nombran”, son los que, por casualidades geográficas, están más cerca de los yacimientos de minerales e hidrocarburos más importantes: petróleo y oro.


Es con la Constitución de 1999 que se visibilizan los pueblos indígenas formalmente, porque el Estado nación liberal, criollo y mantuano, aguijoneado por un zambo vestido de uniforme militar, ilumina las zonas oscuras de nuestra cultura nacional y asume la _multietnicidad y la pluriculturalidad_ como características propias de la sociedad venezolana.
Criollos(as) y mantuanos(as) fueron transfigurándose al ritmo del neocolonialismo y el españolismo fue cambiando al inglesismo, al francesismo y a partir de la década de los años 1960-70 nada pudo detener el embrujo del “americanismo” y ya no fueron Madrid, Londres o Paris las mecas de nuestras clases dominantes y sus bufones de clase media, sino New York y Miami. 


Pero esto no fue el resultado de su propia iniciativa, sino que el mundo occidental se “americanizó”, como demuestra el sociólogo francés Pierre Bordieu, por lo que una “provincia petrolera” gringa como era Venezuela, no podía escapar a ese embrujo y los viejos pitiyanquis se convirtieron en zombis.


Y ahí estaba Luis Antonio Bigott, remando a contracorriente, echando sal revitalizadora a diestra y siniestra y como frecuentaba la Mar Caribe se encontró con el acontecimiento político y cultural más importante del siglo 20 en este continente: la Revolución cubana, que estremeció al capitalismo mundial a 90 millas de su centro mundial.


Franz Fanon y su marxismo caribeño y negro, Cuba socialista, el Che Guevara y su marxismo periférico crítico del marxismo eurocéntrico, Orlando Fals Borda, con su investigación acción participativa transformadora y su sociología de la liberación vinculadas a la lucha armada colombiana, tres fuentes de pensamiento y acción que nacieron en nuestros territorios y responden a nuestras raíces históricas. 


Falta decir muchas cosas más, pero creemos que con estas queda evidenciado que somos distintos a los pueblos andinos. “Muy bien”, me parece escuchar a la Profesora Minelia, “somos diferentes a los bolivianos, pero eso no niega ni impide que reconozcamos nuestras semejanzas como pueblos colonizados por el mismo imperio y liberados por el mismo ejército bajo el mando del mismo líder: El General Bolívar”.

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