Pentagonismo y bolivarianismo en los Ejércitos de América Latina

Por Néstor Rivero Pérez

El Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, ocurrido en el Chile de Salvador Allende y por el cual, con patrocinio de la CIA, se instaló en el poder una Junta Militar presidida por el Jefe del Ejército Augusto Pinochet, tuvo impacto en la Venezuela de la época, donde un grupo de cadetes se preparaba para ejercer como profesionales en la seguridad y defensa de su patria.

“¿Militares para qué?”

Dentro de una nueva doctrina de formación militar perfilada en el “Programa Andrés Bello”, quienes ahora debían egresar como licenciados en Ciencias y Artes Militares, comenzaban a ponderar las realidades geopolíticas con los anteojos de un incipiente pensamiento histórico crítico, tomando en cuenta las realidades de su país y Latinoamérica, con una autonomía intelectual mayor a la que hasta entonces imperó en las academias castrenses respecto a los centros de adoctrinamiento estadounidenses. Así, en discurso pronunciado el 4 de febrero de 2005 en el Cuartel Cipriano Castro, hoy Cuartel de la Dignidad, el entonces Primer Magistrado Hugo Chávez se refirió a la abominable acción contra el Presidente-Mártir de este modo “aquel derrocamiento salvaje, impulsado por la mano del imperialismo norteamericano, de alguna manera impactó a un grupo de nosotros. Recuerdo clarito en el polígono de tiro del Grupo Ribas (…) ahí, en el polígono…recuerdo pequeñas conversaciones, inquietudes…y no sólo en la Academia Militar, sino los fines de semana. En ese tiempo yo era asiduo visitante del 23 de Enero (parroquia caraqueña) los fines de semana, y por allá en los llanos de Barinas…la pregunta de algunos amigos de la la ULA…cuando nos reuníamos en diciembre la prefunta era: “Militares para qué?”. Y agregaban “Mira cómo derrocaron a Allende” (…) En esos intercambios con la estudiantina universitaria de entonces fue surgiendo una inquietud…”

Ruta histórica

La pregunta que se formuló el comandante Chávez aquel 4 de febrero de 2005 ante su auditorio, atendía a una inquietud que estuvo latente en distintas cohortes de la oficialidad venezolana y, por extensión, de las academias uniformadas latinoamericanas, y que a su manera expresó el coronel Hugo Trejo cuando recordó la obra inconclusa del Libertador Simón Bolívar en el sur del continente: “la gran obra bolivariana de crear una República centralista capaz de resistir el creciente predominio de los Estados Unidos” (La revolución no ha terminado, Vadell Hermanos, 1967, 267 págs). Academias militares, cuyos egresados técnicamente eficientes encontraban delante de sí dos derroteros: permanecer fieles al juramento constitucional de defensa de la integridad de la Patria, o plegarse a la cooptación que los centros de poder oligárquicos continuamente hacían para renovar las alianzas entre las castas y estamentos conservadores de estos países: terratenientes, comerciantes y banqueros, alto clero y alta oficialidad, con las grandes capitales de Europa y Norteamérica, para quienes Latinoamérica y en este caso Venezuela, debían permanecer como región proveedora de materia prima, primero cacao y café, desde José Antonio Páez hasta Juan Vicente Gómez y después el petróleo, desde los días mismos del Benemérito hasta avanzar en este siglo XXI. Dicha alianza de castas conservadoras se propuso a lo largo de los siglos XIX y XX, el designio de perpetuar el “orden”, consagrando los privilegios de minorías, asegurando el control de toda tentativa de alteración o actos de rebeldía contra dicha regularidad neocolonial.

Ejército de West Point

En 1802 fue creada la Academia militar estadounidense de West Point, situada en el Estado de Nueva York, a orillas del río Hudson. Enseñando los principios del arte militar en los mismos términos que se hacían en los centros de formación de Prusia, Francia o Suecia, los contenidos giraban en torno a enunciados de ofensiva y defensiva ante escenarios de enfrentamiento de dos grandes ejércitos. Empero muy pronto en el caso estadounidense, ya desde los inicios del siglo XIX, la carrera militar debía asegurar la adscripción de sus cursantes a un pensamiento que integraba los propósitos expansivos territoriales, ínsitos al proyecto histórico que significaba Estados Unidos como entidad nacional. Recuérdese los dos grandes problemas que confrontó EEUU inmediatamente que se independizó de Inglaterra en 1787, uno el de la ampliación de sus territorios hacia La Florida y el Pacífico, adquiriendo o despojando a España, Francia y México de extensiones que habrían de transformar las iniciales trece colonias  de poco más de un millón de kilómetros cuadrados en un país que cubría desde el Atlántico al Pacífico, y en cuya “grandeza”, fundada de modo determinante en el despojo a vecinos países, el aniquilamiento de etnias originarias y la economía esclavista, resultó crucial el papel de los oficiales que se habían formado en la Academia de West Point. Y el segundo gran problema, ya de índole social: la esclavitud y  su opción abolicionista.

Contra Bolívar

Ahora bien ¿cómo penetra en otras latitudes del mundo esta ruta histórica interna norteamericana que construyó una concepción militar para que sus ejércitos operen con el propósito de imperio y, sin requerir coartadas, se abalancen sobre territorios de otros países para someterlos y conquistarlos? Una opción es aplicar la fuerza bruta, como sucedió entre 1836 y 1848 cuando en el México de Antonio López de Santa Anna y sus inmediatos sucesores

Winfield Scott al frente de las tropas invasoras estadounidenses toma Ciudad de México y pide instrucciones acerca de si se avanza hasta Guatemala. Y luego, en 1856, cuando el almirante Perry y sus modernas  cañoneras se estacionan frente a Tokio para obligar al Japón de los yogunes a convertirse en cliente de  las mercaderías estadounidenses.

Otra opción es la diplomacia de la doblez y la perfidia, tal como se lee en las páginas de Maquiavelo. Veamos: ya desde los días de la Gran Colombia las élites de poder en Washington DC y los esclavistas del sur de EEUU, habían tramado la destrucción del gran proyecto anfictiónico y abolicionista  concebido por el Libertador Simón Bolívar para implantarse en el continente. Desde 1827 William Tudor, cónsul norteamericano en Lima venía orquestando en varias capitales suramericanas, tal como haría Joel Poinsett en México y Centroamérica, la creación de logias disolutivas, enemigas del Estado unitario propuesto por Bolívar, coincidiendo dicho objetivo imperial con los intereses de las castas y oligarquías locales. Y en este sentido el Departamento de Estado en manos de Henry Clay dio inicio a una terrible campaña de descrédito contra el Libertador y sus “peligrosos” proyectos integracionistas que excluían a EEUU, llegando Clay al extremo de amenazar con una guerra a la Gran Colombia y México en los días del Congreso de Panamá, si estas dos naciones organizaban un expedición libertadora sobre Cuba y Puerto Rico. De su parte, Tudor en su lucha antibolivariana y disgregacionista, de acuerdo al historiador Francisco Pividal “también emplea el otorgamiento de becas para rendir voluntades, reclutar a oficiales de Bolívar y corromper a personeros de su régimen” (Bolívar. Pensamiento precursor del antiimperialismo, Cs, 2006, pág 161). Pividal aporta datos y documentos según los cuales Tudor, aprovechándose del prestigio de que gozaba West Point dentro de las oligarquías territoriales suramericanas, gestionó ante el Secretario de Estado de su país, Clay, la concesión de becas para que varios familiares del General Santa Cruz y dos hijos del General José de La Mar -justamente en tiempos en que Perú declaraba la guerra a la Gran Colombia-, cursasen estudios militares en West Point. Al tanto la diplomacia norteamericana arrecia una campaña de descalificación contra Bolívar, la que justifican sosteniendo que el apartamiento o liquidación de Simón Bolívar significaría un beneficio para Estados Unidos, que  “se ven aliviados de un enemigo peligroso en el futuro” (Ibidem, pág. 157).

Artefactos e ideología

Durante el siglo XX, el potente desarrollo industrial y tecnológico de EEUU -que se venía impulsando con intensidad en el campo militar desde la Guerra de Secesión, estimulándose mejoras a los cañones, al colt, otras armas de repetición y la invención de los primeros submarinos; e igualmente durante las dos primeras décadas de la nueva centuria, cuando se inicia el desarrollo de los primeros tanques y los aviones de combate en el marco de la I Guerra Mundial-, allí se hizo sentir la influencia militar estadounidense dentro de los países de América Latina a través de las Misiones Militares de entrenamiento y capacitación técnica. Entre 1922 y 1928, en tiempos en que Venezuela estaba bajo la férula de Juan Vicente Gómez, arribaron al país las primeras Misiones Norteamericanas, con el encargo de enseñar al personal venezolano, a pilotar y reparar los primeros artefactos de vuelo que debían engrosar la incipiente rama aérea de la Fuerza Armada creada por esos años. Y del mismo modo en otras ramas. Con el entrenamiento técnico comenzó a establecerse un tejido de nexos y simpatías, y la ideología según la cual los productos de EEUU, sus aparatos, sus técnicas, sus instituciones y con ellos su sistema de vida, y subsecuentemente su sistema y aparataje militar son los mejores a que se pueda aspirar. De este modo comenzó la penetración temible del imaginario cultural que asocia el modelo de vida y de consumo que se viene difundiendo a lo largo del mundo a través de la filmografía hollywoodense desde principios del siglo XX justamente, y que en aquella Venezuela que por primera vez se asomó a una pantalla de cine hipnotizada por las imágenes que se ofrecía en aquellas cintas donde el héroe y la heroína propugnan un ideal de vida extremadamente individualista, contó con público cautivo. Público para el cual, indistintamente de fuese gobernado por dictaduras militares o democracias que respondían al Departamento de Estado, para una buena parte de dicho público, vista de civil o de uniforme,  todo lo que implicase luchas por la soberanía nacional militante, pensamiento alterno, socialismo o cualquier opción que cuestionase el sistema norteamericano,  debía ser enfrentado. Y de allí a la Guerra Fría había un paso. aquí engarza el cometido que la ideología militar diseñada desde el Pentágono establecía para los Ejércitos de Latinoamérica  y que, en las mentes de soldados culturalmente cautivos, daba legitimidad a la Guerra Fría que de forma abierta tuvo sus inicios en la II Postguerra: ya no entre EEUU y la Unión Soviética, sino entre los Ejércitos nacionales y las hipotéticas “insurgencias” antiimperialistas en los países de América Latina y el Caribe. Así se engarza la función del Ejército-gendarme, en la confrontación abierta contra gobiernos progresistas, levemente izquierdistas, populares, o abiertamente socialistas, por cuanto estas opciones de lograr establecerse o consolidarse, romperían el modelo de civilización dentro del cual los ejércitos y la fuerza armada de estos países habrían de garantizar la perpetuación de un orden interno que sólo beneficiaba a las minorías privilegiadas del país y a las grandes corporaciones domiciliadas en EEUU y, ahora, tras la II Guerra Mundial, en menor medida en el Viejo Continente.

Bolívar como doctrina

El esclarecimiento de estos temas, que atrajeron la atención del comandante Hugo Chávez desde sus tiempos de cadete, sigue siendo tarea por culminar en los escenarios académicos suramericanos y específicamente en la Venezuela Bolivariana. Cómo explicar que en la Bolivia de 1975, ante el gobierno progresista de Juan José Torres, insurja de la misma mlilicia el general ultraderechista Hugo Banzer y aplaste con sus conmilitones la política de nacionalización minera y reformas sociales que aquel impulsaba. Cómo explicar que en la Centroamérica del siglo XXI la alta oficialidad de Honduras asalte de madrugada el domicilio del Presidente Manuel Zelaya, lo depongan y en pijamas lo hagan subir a un avión para trasladarlo vía aérea y hacerlo descender en el aeropuerto de otro país centroamericano. Cómo entender que en la Bolivia de finales de 2019 el Ejército se haya prestado para exigir la renuncia del Presidente Evo Morales, quien acababa de obtener una victoria muy clara en las elecciones presidenciales del mes de octubre de dicho año y cuya gestión había colocado a Bolivia en niveles de bienestar e incremento del PIB nunca conocidos en su historia.

Y cómo comprender las actuaciones del Ejército colombiano, cómplice de grupos paramilitares y parapoliciales -cuando no perpetrador directo- en la ejecución de masacres contra campesinos y sicariato contra defensores de derechos humanos en la hermana República. Y más todavía: que la oficialidad neogranadina acepte con tranquilidad el establecimiento de al menos siete bases militares estadounidenses dentro de su territorio, y justamente en zonas cercanas o contiguas a las fronteras de Colombia con Venezuela…

Al respecto la hipótesis que luce pertinente es que la fuerza armada de los países latinoamericanos y caribeños acá identificados y otros cuyo nombre se omite por simple razones de espacio, adolecen de una doctrina de soberanía, de claridad de objetivos estratégicos nacionales y anfictiónicos como nación y como integrantes de una región subcontinental y sub-hemisférica cuyo destino y cuya estrategia de desarrollo y, por lo tanto, de seguridad y defensa, están llamadas a responder a una visión precisamente latinoamericanista, constructora de una gran “Nación de Repúblicas” (Simón Bolívar dixit), cuyo antecedente directo se encuentra en los documentos y acuerdos  que en materia de defensa mutua, se trazó el Congreso Anfictiónico de Panamá entre los meses de julio y agosto de 1826. Así, habiendo trazado el Libertador Simón Bolívar los propósito de los Ejércitos de esta porción del mundo para su época, bien cuando exponía en 1813 su doctrina del “Soldado Feliz”, bien cuando confirmaba ante el Congreso Constituyente de Cúcuta, su solicitud de que se concediese la libertad absoluta a los esclavos, como recompensa debida al Ejército Republicano que en junio de ese año había triunfado en la planicie de Carabobo, asegurando la integridad territorial de la Gran Colombia, o bien cuando en 1826 remite mediante correspondencia  a los delegados del Congreso de Panamá, la necesidad de que se organizase un Ejército de 60 mil hombres para asegurar la defensa común y la paz en las naciones que en Boyacá, Pichincha, Junín y Ayacucho habían derrotado al imperio español. Sigue vigente Bolívar como doctrina, como foco de pensamiento que alienta y orienta respecto a la función de los Ejércitos en su relación con la sociedad y los valores de soberanía, integración y construcción de nuevos equilibrios geopolíticos en el mundo que recorre el presente siglo XXI.

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