UNA HEMORRAGIA INCONTROLABLE

Por Ángel Colmenares

«No podemos optar entre vencer o morir,

es necesario vencer»

José Félix Ribas

El 12 de agosto de 1812 se encontraba Bolívar navegando en el velero Jesús, María y José, rumbo a Curazao. Sus bienes confiscados fueron dejados a cargo de Don Domingo Ascanio. Sin dinero, tuvo que enfrentar el embargo de su equipaje debido a que sus pertenencias estaban en la misma casa que las de Miranda, además de las deudas contraídas por el “Celoso” en Puerto Cabello cuando era el comandante de aquella plaza. Con cierto toque depresivo le escribió a lturbe… «De ésta resulta que me hallo sin medio alguno para alimentar mi vida, que ya comienzo a ver con demasiado hastío y hasta con horror». Su única alternativa, era partir a Nueva Granada con un solo objetivo: reiniciar las acciones por el occidente.

Una vez en Cartagena a mediados de octubre de 1812, se presentó a Don Manuel Rodríguez Torices, quien le reconoció sus grados militares, experiencias y capacidad, para incorporarlo a las fuerzas del francés Labatut, un pirata caribeño que había llegado a América conjuntamente con su compañero y amigo Francisco de Miranda, con quien compartiría su desconfianza. Alcanzó un alto grado la antipatía contra aquel joven de quien sabía estaba involucrado en las lóbregas acciones contra el generalísimo. Bolívar lo notó cuando éste lo remitiera a un pueblecito cerca del río Magdalena, conocido como Barrancas, lejos del objetivo principal que era Santa Marta. Antes de partir a su insignificante puesto militar, Bolívar publicó el «Manifiesto de Cartagena», en el que exponiendo el estado en el que se encontraba Venezuela una vez perdida la Primera República, invitó a su recuperación: «Yo soy, granadinos, hijo de la infeliz Caracas… A este efecto presento como una medida indispensable para la seguridad de la Nueva Granada la reconquista de Caracas. Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen en la mazmorra…»

Los recuerdos aún estaban frescos, y observando el estado de indisciplina y la falta de recursos de sus tropas en Barrancas (no más de 200 hombres), se propuso organizarlas con enérgico adiestramiento.

El 18 de diciembre se quejó de un ataque agudo de fiebre, que lo mantuvo inconsciente por tres días. Fue atendido por el doctor Folnay. Al quinto día comenzó la marcha sobre Tenerife y el Dr. Folnay le replicó: «es una locura intentar levantarse; si ello estaría en mi poder, lo mandaría a arrestar». Una vez izada la bandera de Cartagena en Tenerife, el severo galeno le impuso: “Tome usted quinina inmediatamente» a lo que el enfermo respondió: «Hoy es nochebuena, Paz en la tierra. Deme la quinina”. Continuó entonces río arriba, entre nuevos ataques de fiebre, aunque menos graves y sin pérdida del conocimiento, lo que no le impidió seguir tomando pueblos, comer carne fresca, corteza de quinina y hasta cortejar a las damiselas de los pueblos.

Se dice que en Salamina a finales de ese año, investigando sobre posiciones del enemigo en una taberna, escuchó conversaciones acerca de una joven rubia muy bella, quien no tenía tratos con nadie y apenas se dejaba ver. Hija de un comerciante francés de apellido Lenoit, sus solitarios enamorados esperaban verla pasar los domingos a la iglesia. El recién llegado militar no perdió detalles de la conversación y al atardecer se retiró del grupo para acercarse al lugar donde habían referido residía la señorita. Pudo abordarla en su idioma, lo cual causó admiración y entusiasmo en la joven, quien observaba al galán pasearse de un lado a otro mientras conversaba. Anita Lenoit quedó cautivada con las conversaciones sobre París y aceptó un segundo encuentro al día siguiente. Esa tarde maravillosa donde el silencio y la proximidad desataron una fuerza interior superior a sus dominios, la hermosa criatura terminó por entregarse enamorada.

El ciclo de avances por el Magdalena, fiebres y quinina, continuó hasta Puerto Real y Ocaña. La fiebre intermitente no era nada extraña, pues aquellas regiones eran endémicas de paludismo (Malaria). Bolívar presentaría nuevas crisis de paludismo en los años de 1813 durante La Campaña Admirable; en junio de 1814, después de la primera batalla de La Puerta; en 1815, 1816, 1817 y en marzo de 1818 después de la segunda batalla de La Puerta; en 1821 y aparentemente, por última vez, en 1822.

Entró triunfante a Ocaña y habiendo cumplido con éxito la campaña del Magdalena, comenzaron los exaltados recibimientos que despertaron en la gente de aquellos pueblos, la admiración por aquel pequeño gigante. Escaparía de un consejo de guerra por desobediencia y cambiaria las caras en Cartagena por sus sorprendentes e inesperados logros.

El francés Mollien expresaría en alguna oportunidad: «Su manera de hacer la guerra, sus largas marchas para alcanzar al enemigo, la celeridad con la que recorre distancias enormes para encontrarlo, dan más bien la idea de que Bolívar es un partidario audaz, en vez de un General hábil para movilizar masas».

Su próximo objetivo sería la provincia de Cúcuta. Los Neogranadinos veían con preocupación la avanzada realista desde Venezuela con intenciones de alcanzar Pamplona. Bolívar, lejos de esperar para detener al coronel Ramón Correa, dividió su ejército en dos buscando el valle de Cúcuta.

Conjuntamente con José Félix Ribas despejó de la ciudad al enemigo. Abrió las puertas para su próximo empeño: acabar con los opresores de su patria. Recibió honores del congreso. Además de ciudadano Neogranadino, fue nombrado Brigadier General del Ejército de la Unión y recibió permiso para dirigir su campaña hacia Venezuela. Había convencido a los vecinos que la suerte de ambos países estaba ligada, y que acabar con el sometimiento era como tratar una gangrena, si no se corta el daño en una parte, ésta afecta a la siguiente hasta que lo domina todo.

Monteverde no desistía de incursionar en Nueva Granada, ya lo había intentado con Correa; pero, esta vez preparaba sus regimientos en Trujillo, Barquisimeto y Coro, además de contar con las posiciones de Guasdualito, Barinas y San Carlos. Bolívar ordenó el avance de tropas al mando de Castillo sobre La Grita, cuyo alcance no sólo fue difícil, sino que se logró gracias a las habilidosas acciones de un joven sargento mayor de apenas veintiún años de edad, Francisco de Paula Santander.

¿Cómo lograr que las sociedades emancipadas del poder español, no confundieran la libertad con la anarquía, la república con el desgobierno, el respeto a los derechos del individuo con el desorden colectivo? Santander, ayudado por sus conocimientos de derecho, no tardó en concluir que el orden debía encontrarse en el acatamiento de la ley, norma abstracta e impersonal que armoniza las voluntades hacia fines comunes justos.

Bolívar inició su avanzada contra Mérida y Trujillo con sus mejores hombres: Atanasio Girardot, Rafael Urdaneta, José Félix Ribas y Luciano D´Elhuyar (verdadero hijo del científico descubridor del tungsteno, quien parece ser que nunca conoció a Manuela Sáenz), muy a pesar del pensamiento pesimista si se quiere, tanto de Castillo y Ricaurte como del propio Santander.

En Trujillo, vivió en carne propia la experiencia de Miranda; percibió la apatía y la desidia del pueblo para la causa de la república, a tal punto que la mayoría prefirió huir a las montañas y bosques con tal de no ser reclutados para la acción. Desilusionado, pero soberbio en sus inquietudes, concibió en aquel momento tan difícil, el Decreto de Guerra a Muerte, que firmaría, más adelante, el 15 de junio de 1813 en la misma ciudad de Trujillo, con un carácter más profundo que el de una simple venganza contra las bárbaras acciones de los realistas. Sembrar conciencia sobre el concepto de patria, para cultivar voluntades que alimentaran la unión y la consolidaran en términos de soberanía no era fácil; pero había que intentarlo, aunque fuese de la manera más terrible.

Ribas hacia el Tocuyo, Girardot y Urdaneta hacia San Carlos. Se lograron triunfos en los Horcones, bajo las riendas de Ribas, y en Taguanes, donde Bolívar alcanzó las pavorosas tropas que huían a Valencia desde San Carlos. Allí no sólo cayeron los mejores oficiales, sino que dispersaron en los bosques aledaños, a una parte de los sobrevivientes y la otra optó por unirse a la causa patriota. Esto llevó a Monteverde a abortar su llegada a Valencia y regresar a Puerto Cabello, entregando prácticamente a Caracas.

Ribas en Niquitao y Girardot en Agua de Obispos, anexaron triunfos a la causa. Se negociaba un armisticio con Monteverde a través de dos emisarios por parte de Fierro, el Marqués de las Casas de León y de Don Francisco Iturbe, el protector. Esta negociación resultó paradójicamente complaciente con tan indignos rivales. Bolívar entró triunfante a Caracas el 7 de agosto de 1813, confundido entre la histeria de la gente, el bullicio de las campanas de la iglesia, las aclamaciones y la bienvenida de los cañones, las alfombras de flores y las coronas de laureles que habían volado por los aires mientras recorría las calles. Estas fueron testigos de la euforia de Caracas. Los demacrados prisioneros con sus marasmos a cuestas, aún encandilados tanto por la luz del día como por la deseada libertad, buscaban al héroe entre la multitud para alcanzar sus manos en gesto de agradecimiento y buena voluntad.

(…)

En cada entrada triunfal, una nueva amante; … parecía ser una constante. Una de las doce «princesas» que agasajaban al triunfador captó su atención. Una morena de cabellos negros y mediana estatura, llamada Josefina Machado, alegre, sensual, inquieta, agresiva, encantadora y en nada identificada con la élite de la ciudad, pero con vanidosas intenciones de acariciarla, notó el entusiasmo del agasajado. Aquella relación, que duraría casi seis años, llevó a Josefina a alcanzar privilegios que antes ni imaginaba, amparada en la confianza y tutoría de su amante.

Después de la liberación de Caracas, manteniendo las tropas realistas el sitio de Puerto Cabello, Bolívar se dirigió a Valencia, donde enfrentó a las fuerzas de Domingo Monteverde. El Libertador atacó la vanguardia realista comandada por Remigio Bobadilla en las inmediaciones de Bárbula el 30 de septiembre de 1813. Otra contundente victoria para Bolívar, pero a un costo muy elevado. Atanasio Girardot había muerto, envuelto en la bandera republicana.

El joven oficial Neogranadino, nacido en San Jerónimo el 2 de mayo de 1791, dejó su vida en aquel campo de batalla, después de poner en evidencia su valentía y arrojo en la guerra de independencia venezolana, durante la contienda de La Grita, a principios de ese mismo año, bajo las órdenes del coronel Manuel Castillo y Radá. Posteriormente, derrotó a las tropas realistas en la altura de Ponomesa, a las fuerzas del capitán Manuel Cañas en el combate de Agua de Obispos y en Taguanes. Hijo de un comerciante francés, Juan Luis Girardot y una antioqueña, María Josefa Diaz Hoyos, igual que sus hermanos Pedro y Miguel, se dedicó al servicio militar, después de realizar estudios de jurisprudencia en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en Santa Fe de Bogotá, en donde tuvo como profesores a Camilo Torres y José María del Castillo. Su carrera militar la inició como teniente del batallón de infantería auxiliar de guarnición de Santa Fe, y después de 1810, en el batallón de Voluntarios de la Guardia Nacional bajo las órdenes del Coronel Antonio Baraya. Su desempeño al frente de la vanguardia patriota en la campaña del Sur de la Nueva Granada contra las tropas realistas del gobernador de Popayán, fue clave para el triunfo de las fuerzas republicanas en la batalla del Bajo Palacé, el 28 de marzo de 1811. Posteriormente, intervino en la primera guerra civil granadina que enfrentó a centralistas y federalistas. Derrotó a los primeros en los combates de Paloblanco y Alto de la Virgen y fue derrotado a su vez, por las tropas de Antonio Nariño en el cerro de Monserrate, en Bogotá, el 9 de enero de 1813.

Simón Bolívar expidió en su cuartel general de Valencia una ley para honrar su memoria. En tal sentido, en el artículo 3° se disponía: … «Su corazón será llevado en triunfo a la capital de Caracas, donde se le hará la recepción de los libertadores y se depositará en un mausoleo que se erigirá en la Catedral Metropolitana»… Una procesión cívica y religiosa salió de Valencia el 10 de octubre, cumpliendo el mandato del Libertador. Esta se condujo por los Guayos, Guacara, San Joaquín, Turmero, San Mateo, La Victoria, El Consejo, San Pedro de los Altos y Antímano. Se realizaron misas en cada uno de los templos que se encontraban en el trayecto. Desde El Consejo, Bolívar se adelantó hacia Caracas, para recibir el corazón del héroe colombiano a su llegada a la capital. Finalmente, el 14 de octubre de 1813 llegó a Caracas, desde Antímano, en cuya iglesia había sido depositado el féretro. Acompañados por Bolívar y las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, el cortejo se dirigió a la Catedral. Allí se realizó una misa solemne, donde fue depositado el corazón de Girardot, mientras se terminaba el mausoleo definitivo, que sería edificado en la capilla de la Santísima Trinidad, perteneciente a la familia Bolívar.

En el oriente se gestaban acciones similares. Los refugiados en Trinidad después de la pérdida de la Primera República, no muy bien vistos por el gobierno local, recuperaron armamentos escondidos en Chacachacare y se organizaron para la invasión. Dos personajes, herederos de grandes extensiones de tierra en el oriente, a quienes Miranda había otorgado títulos de Coronel, liderizaban a los grupos que incursionaron por Güiria, multiplicando sus tropas hasta alcanzar Cumaná. Santiago Mariño y José Francisco Bermúdez comenzaban a despuntar como líderes absolutos de la vasta región de oriente. Contrarios a la proposición de unificación de Bolívar en el sentido de constituir un gobierno amplio centrado en Caracas, los feudalitas orientales pretendían dos naciones distintas, donde Cumaná fuera la capital de aquella supuesta nación oriental…

Pero la república comenzaba a depositar su confianza en las habilidades de Bolívar, por lo que la municipalidad, reunida en el convento de San Francisco, le otorgó el título de Libertador, que recibió de las manos de Don Cristóbal Mendoza. Este reconocimiento consolidó un eje de lucha, un norte o, al menos, una visión más clara de su liderazgo.

FREDDY RODRÍGUEZ SÁNCHEZ. “Enfermos de Libertad”, Iván Soltero Ediciones, Caracas, agosto de 2004, copia parcial de Capítulo V, pp. 115-122

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